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Opinión | BABOR Y ESTRIBOR

Conducía Pedro

Imposible encontrar parangón con la jeta maquillada y el cerebro taimado de Pedro Sánchez, quien logró llegar a la Moncloa desde la calle y gracias al eficiente oficio de tres presuntos delincuentes. El perfil de Sánchez, más allá de un inalcanzable diagnóstico freudiano, está ahormado a la ausencia de principios, ni siquiera ideología, en beneficio y disfrute del grupo de socios que lo sostienen en el poder a cambio de lo que sea. Al igual que él, creen poco en el Estado de derecho y la separación de poderes. Ocurre que ayer ese contubernio de intereses contrapuestos a cuenta del erario público y el bien de España, recibió un duro golpe con la condena del fiscal general del Estado.

El pasado domingo 9, Sánchez exhibió una nueva irresponsabilidad antidemocrática al declarar en un periódico nacional: «El Fiscal General es inocente, y más aún tras lo visto en el juicio». Era la enésima vez que el jefe del Ejecutivo ejercía descarada presión sobre los jueces, importándole una higa las reglas de la separación de poderes, base de la democracia. Es más, aprovechó la entrevista amiga deseando que también se imponga la verdad con sus familiares. Pues ya ha visto por dónde va la verdad judicial. Las últimas 48 horas han sido aciagas para Sánchez. Su fiscal inhabilitado, Anticorrupción pide 24 años de prisión para Ábalos, 19 para Koldo y tras la salida de Cerdán de la cárcel se ha sabido que éste dirigía una organización criminal de mordidas. Ábalos y Cerdán eran la esencia del PSOE sanchista. El Peugeot en el que viajaban lo conducía Pedro.

Periodista y escritor

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