Opinión | Pensamientos desde el rincón
Pasear para ver lo que otros no ven

La fugacidad de estos tiempos evita deternos a mirar, a observar, pero somos testigos de algo si sabemos dónde ver. / MEDITERRÁNEO
La frase aparece de pronto, como quien no quiere la cosa, en La prueba de audición (Anagrama), la primera novela de Eliza Barry Callahan, magníficamente traducida por Rita da Costa: «Uno de los peligros de pasear es convertirte en testigo de algo». La leo y me detengo. No paso de página. Me quedo ahí, suspendido en esa advertencia que no parece tal; más bien suena a invitación, incluso a una leve provocación. ¿Qué es lo que podemos llegar a ver cuando paseamos? ¿Qué significa, exactamente, ser testigos de algo?
Caminar es, en apariencia, una actividad inocua. Una rutina, un gesto cotidiano que cualquiera podría hacer sin pensar. Pero no es verdad. Pasear implica decidir que el tiempo no manda, que la velocidad no importa y que la mirada puede permitirse el lujo de desviarse. Quizá por eso me fascina: porque en un mundo empeñado en empujarnos hacia la eficiencia, el paseo funciona como un acto casi político, una resistencia blanda pero firme.
Hay, además, algo esencial en el paseante: observa sin la ansiedad del que busca, sin la expectativa del que necesita encontrar confirmación, sin la urgencia del que cree que siempre llega tarde. El paseante mira porque sí. Y en esa gratuidad se abre una posibilidad extraordinaria: ver lo que otros no ven. O lo que otros, simplemente, ya no ven.
Cuando uno camina, descubre detalles mínimos –una fachada desconchada, una conversación al vuelo, una sombra que se estira por donde no debería– que revelan un mundo paralelo al que transitamos por inercia. Lo invisible se vuelve evidente. Lo obvio, desconocido. Lo cotidiano, inesperado. Ser testigo, entonces, no es presenciar un gran acontecimiento; es advertir la fugaz vibración de lo real, o eso quisiera yo pensar.
Quizá por eso la frase de Callahan resuena tanto ahora en mi cabeza: porque sugiere que el paseo no es un estado pasivo, sino un riesgo. Y no por lo que pueda sucedernos –qué peligro tan pequeño sería ese– sino por lo que podamos llegar a ver. Ver de verdad implica hacerse cargo. Implica aceptar que, una vez percibido algo, ya no se puede volver a la indiferencia.
Al pasear, uno se convierte en testigo no porque el mundo cambie, sino porque cambia la manera de mirarlo. Y en ese gesto, tan simple como decisivo, descubrimos que la ciudad, las personas y nosotros mismos siempre guardan(mos) algo que se nos escapa. Basta con caminar un poco más despacio para encontrarlo.
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