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Opinión | TRIBUNA

La pérdida del juicio moral

El caso Dreyfus trazó una herida en Francia que, 130 años después, sigue abriéndose de forma periódica. El juicio, condena y posterior rehabilitación de un militar judío acusado injustamente de alta traición escindió la sociedad francesa entre dreyfusianos y antidreyfusianos. Un enfrentamiento que desbordó el caso judicial, exacerbó el antisemitismo, se burló de la verdad y desnudó dos concepciones antagónicas de patriotismo.

En El ocaso de la democracia (Editorial Debate, 2021), la periodista y ensayista Anne Applebaum utiliza el caso como un ejemplo histórico de la polarización política extrema. «Quienes sostenían que Dreyfus era culpable venían a ser como la versión de la época de la derecha alternativa estadounidense o el partido Ley y Justicia (Polonia) o el Frente Nacinal francés o, incluso, los fanáticos de QAnon». Se consideraban los «auténticos franceses» y fomentaban teorías conspiranoicas. Sus líderes llegaron a mentir para defender el honor de los suyos y desdeñaron «las pruebas, la ley, la justicia o incluso el pensamiento racional».

El caso Dreyfus y la condena al fiscal general tienen poco que ver, pero hay un eco que susurra rimas incómodas. Todo ha sido desmedido en este proceso. Desde la telaraña de bulos tejida por el jefe de gabinete de Ayuso para proteger a su novio defraudador, hasta el proceso al fiscal por contrarrestar esas mentiras, pasando por el notorio desprecio del tribunal a las declaraciones de los periodistas.

Por encima de todo, un desmesurado partidismo impregnándolo todo. Cinco magistrados conservadores apoyando la condena y dos juezas progresistas a favor de la absolución. La constatación de una Justicia que, basta con observar el histórico de sentencias, reincide en inclinar la balanza a favor del PP y de una determinada visión de España.

Pocas horas después de conocerse la sentencia, Ayuso afirmó que «hoy el mundo sabe lo que está pasando en España». Replicó la publicación en inglés, por eso de la internacionalización de su enfrentamiento con Sánchez. Sin duda, la condena es una gran victoria para ella. Incluso es posible oír sus carcajadas ante la obligación del fiscal de indemnizar con 10.000 euros a su novio, el mismo que está procesado por un fraude fiscal de más de 350.000 euros, el mismo que acaba de comprarse un ático de un millón de euros. La sentencia del Tribunal Supremo huele, como mínimo, a corporativismo. Una condena leve para no dejar en entredicho al juez instructor del caso y, sobre todo, para apartar a ese fiscal general que no se doblegó. Media España convencida de la parcialidad de una justicia reaccionaria. La otra media celebrando una derrota que salpica al «dictador» Sánchez (Ayuso dixit). Dos visiones cada vez más enconadas, alimentadas por espurios intereses partidistas y burdas estrategias de intoxicación. Un paso más en el desarbolado del sentido crítico de la ciudadanía, en el derrumbe de lo que Hanna Arendt llamó el juicio moral: la capacidad de pensar desde la perspectiva de los demás.

Escritora

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