Opinión | LA RUEDA
Dolçaina i tabal
Acaba de publicarse en el periódico Mediterráneo la noticia del nombramiento de la primera mujer en 44 años como presidenta de la Colla de Dolçainers i Tabalaters de Castelló, Patricia Fábrega. Y, aprovechando esta noticia, le dedicamos la columnita semanal a la dolçaina i tabal, que bien se lo merecen, puesto que, además, continúan con su oficio, que no puede faltar en las fiestas valencianas.
Antiguamente (y no hace muchos años) el dolçainer, tal como lo pinta el escritor valenciano Boix, era un tipo de mitjana alçada, nerviós, que no s’afaitava tots els dies, però es pensava tan important com el primer violí de la Scala de Milà.
Tenia el dolçainer un segon jo, un xiquet aprenent de l’ofici, el tabaleter (generalmente , su hijo o un familiar joven).
Ambos eran una necesidad de las fiestas, profanas y religiosas, acompañados de la chiquillería y de numeroso público, como ahora, que disfrutaba con su presencia. Tenían rutas y lugares estipulados. Tocaban en la octava del Corpus, danza de los moros, la Moma, los bailes de calle, procesiones, novilladas, bous al carrer, l’albada, els cavallets, cantos populares, fires, porrats, etc. Y lo hacía siempre acompañado de un adolescente, que con su tambor iba marcando el paso por las calles y plazas, repicando continuamente, sin descanso, mientras la dulzaina iba desgranando melodías, ya antiguas, ya del momento presente.
Resulta difícil imaginar una fiesta popular sin la presencia de estos dos tipos tan relevantes e imprescindibles para nuestro folclore: la dolçaina i el tabalet. Y figuras entrañables como la de Pasqualet de Vila-real, Pastrana, el Pilater, etc. Todos ellos, junto a los tabaleters, alegraron las fiestas de calle y eventos festivos en el antiguo Reino de València, País Valencià o Comunitat Valenciana, cuya vigencia es todavía patente en nuestra tierra.
Profesor