Opinión | LA COLUMNA
Quien quiere entrar en política hoy
Hace unos días hablaba con un político de nueva hornada. Llegó al ayuntamiento de su ciudad con la ilusión intacta: joven, preparado, con energía y con ideas claras para mejorar su pueblo. Aceptó dejar en pausa su vida profesional para servir a lo público y lo hizo convencido de que merecía la pena.
Dos años después duda si repetir. No porque haya perdido la vocación, sino porque el contexto que lo rodea «no es muy ilusionante». Y cuesta llevarle la contraria. La política se ha convertido en un basurero, un terreno hostil donde el «y tú más» es rutina, donde las responsabilidades se esquivan con naturalidad pasmosa y donde verbos como dimitir parecen haber desaparecido del diccionario institucional. Y los que dimiten lo hacen, tarde y mal. Ahí están los ejemplos recientes del todavía president en funciones, Carlos Mazón, o el fiscal general del Estado, García Ortiz. Cada uno con lo suyo.
Con este panorama, ¿quién quiere entrar? ¿Quién estaría dispuesto a dejar un trabajo estable para exponerse a una confrontación permanente, al escrutinio desmedido y al insulto fácil? Cada vez son menos los profesionales que consideran la política un lugar donde aportar su experiencia o su talento.
Lo paradójico es que perfiles como el de este joven político (los que llegan con vocación real de servicio) son los que más falta hacen. Cuando la política se vuelve un campo inhóspito, quienes se marchan primero suelen ser los más preparados, los que mantienen expectativas altas y ética sólida. Y cuando esos espacios quedan vacíos, no lo hacen por mucho tiempo: los ocupan otros, no siempre movidos por el mismo sentido de responsabilidad.
Tal vez ese sea el efecto más dañino del clima actual: desalentar precisamente a quienes podrían regenerar la política desde dentro. Hoy se exige sacrificio, paciencia y resistencia, pero rara vez se recompensa el esfuerzo honesto. Aun así, necesitamos que estas personas no tiren la toalla. Necesitamos que sigan, aunque el ambiente sea áspero y huela mal, porque sin ellas la política solo se empobrecerá más.
Redactor jefe de Mediterráneo
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