Opinión | TRIBUNA
Monseñor Tarancón, protagonista ausente del 50 aniversario
Tarancón se libró del funeral de Franco porque prefirió pronunciar el discurso (u homilía) en la proclamación de Juan Carlos I
Monseñor Vicente Enrique y Tarancón ha pasado casi inadvertido en las celebraciones del cincuenta aniversario del fallecimiento del dictador, que abrió el camino a la aprobación de la Constitución. En ambos acontecimientos fue protagonista aunque no siempre apareciera en primer plano. La carrera del burrianense comenzó con el arciprestazgo de Vila-real. De allí pasó como obispo a Solsona. Su primera homilía, El pan nuestro de cada día, no gustó al régimen. De tal manera que el arzobispo de Tarragona, monseñor Arriba y Castro, le hizo el pronóstico de que se había casado con Solsona. Fue con Pablo VI con quien su carrera comenzó a cambiar. Primero fue a Oviedo y después, como cardenal, a Toledo. Desde allí su nombre comenzó a sonar.
La cúpula de la iglesia de Madrid estaba decidiendo que el arzobispo de la capital fuera monseñor Guerra Campos. Inesperadamente, se presentó el Nuncio y anunció que el Vaticano había decidido que fuera Monseñor Tarancón. A Guerra Campos se le destinó a Cuenca y las chanzas hicieron correr que lo que más molestaba era que para ir a Cuenca tenía que pasar por Tarancón.
En la entrada en Madrid, en la vieja catedral de San Isidro, Tarancón acabó saludando a varios burrianenses y vila-realenses que acudieron a darle la bienvenida. Monseñor creció políticamente cuando fue asesinado el almirante Carrero Blanco. El entierro de éste fue la primera manifestación contra el arzobispo. «Tarancón al paredón» fue una consigna que vocearon los amantes del régimen que comenzaba a tener fisuras. Después sucedió la muerte de Franco.
Quienes programaron el gran funeral del dictador acudieron a Tarancón para que pronunciara el sermón del acto. A monseñor le salió en aquel momento la blusa de llaurador que un día me dijo que llevaba debajo de la sotana y recurrió a un argumento que acabaron aceptando los encargados de la misión. Me contaron que casi exactamente contestó: «Creo que para estas ocasiones es preferible un orador sagrado y en este caso el más apropiado es monseñor Marcelo González». Era el arzobispo de Toledo.
Tarancón conocía sobradamente la costumbre valenciana de contratar a los llamados oradores sagrados como mossén Benavent y el franciscano y poeta ganador de concursos como la flor natural y la englantina, mosén Bernardí Rubert Candau, que figuraban en muchos programas de fiestas en los que se anunciaba su presencia como figura para el enaltecimiento del patrón o patrona. En Vila-real se disputaban al orador asociaciones religiosas como rosarieras y purisimeras.
Tarancón se libró del funeral porque prefirió pronunciar el discurso u homilía en la proclamación de Juan Carlos I. Este acto litúrgico se celebró en la iglesia de los Jerónimos de Madrid y la vida del cardenal corría peligro porque se habían producido algunas amenazas. La policía lo sacó del templo por la puerta trasera para evitar a los exaltados que le aguardaban en el atrio. La salida de los Jerónimos casi fue como la de un delincuente. La policía le llevó a Vila-real, donde tenía cobertura en la casa de la familia Parra. Casualmente el cardenal, con los policías acompañantes, se detuvo a almorzar en un restaurante de Tarancón, carretera general a Valencia, y se encontró allí con el pintor vila-realense Vicente Llorens Poy, a quien conocía sobradamente.
Monseñor preparó su homilía en la proclamación del rey con dos amigos de su confianza: el periodista Luis Apostua y el sacerdote José María Martín Patino, hermano del director de cine. La relación con ambos la mantuvo durante un tiempo. Apostua fue posteriormente diputado por UCD y uno de los políticos secuestrados el 23 de febrero famoso.
Monseñor participó en la redacción de la Constitución de modo eficaz porque supo medir sus fuerzas con los socialistas. Herrero y Rodríguez de Miñón, uno de los tres diputados recientemente condecorados por Felipe VI con la Orden del Toisón de Oro, mantuvo conversaciones por parte de UCD con los socialistas. Y naturalmente tuvo que discutir más de un artículo. Llegado a los referentes a la educación donde se hablaba de laicismo y de las diversas circunstancias en las que había que centrar y apalabrar cada uno de los apartados de la ley, monseñor tuvo tal habilidad que su labor no apareció en los titulares de los periódicos. Llegó el día en que había que discutir el articulado que Luis Gómez Llorente participaba por parte de PSOE en la parte intelectual del asunto. Aparentemente, eran otros quienes figuraban en las discusiones políticas de este aspecto tan importante. La parte centrista corría a cargo de Herrero de Miñón y fue quien se entrevistó con monseñor por esta cuestión.
Tarancón le mostró a su interlocutor y portavoz en la comisión el articulado que consideraba óptimo. Herrero de Miñón le dijo que estaba de acuerdo pero lo difícil sería que lo aceptara el PSOE. No veía el modo de que lo aceptara la oposición. Monseñor sacó de su escritorio la redacción del articulado y le espetó: «Ya lo tengo pactado y aceptado. Había conseguido la aprobación es este apartado de la Constitución con Alfonso Guerra. En este caso se podría recurrir a una de sus frases: «La Providencia actúa de las maneras más variadas y provechosas».
La última vez que conversé con él en Villa Anita, Ermitori de la Mare de Deu de Gràcia, continuaba fumando lo que se conocía como caldo de gallina, tabaco que había que liar, y le conté la anécdota de que había estado en la Habana en una cena de Fidel Castro a quien le conté que monseñor fumaba puros habanos y me respondió que sabía que algunos obispos le daban crédito a sus cigarros. Monseñor sonrió al relatarle la anécdota y me confesó que la primera caja de habanos se la regaló el presidente Adolfo Suárez. Estaba en su jubilación y todavía no había comenzado a escribir sus memorias. En este tramo histórico que estamos viviendo habría sido injusto no contar con quien tuvo presencia importante en aquellos años. Decía que la Iglesia había apostado claramente por la democracia. Era la figura indiscutible de aquel tiempo.
Periodista
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