Opinión | VIVIR ES SER OTRO
El robobo
El robo del Códice Calixtino en 2011 es uno de esos episodios de la que podríamos denominar España cañí. Lo resolvió la policía como podía haberlo solucionado la TIA de Mortadelo y Filemón. Un exelectricista de la catedral de Santiago de Compostela, enfadado con el deán por su despido y que no quisieran darle una indemnización de unos 40 000 euros, decidió vengarse donde más le dolía a quien, a su modo de ver, le había fastidiado injustamente, así que robó el códice del siglo XIII valorado en una burrada de millones. La primera hipótesis era que se trataba de un encargo hecho por parte de un refinado coleccionista de arte.
Se montó una buena: la noticia no solo salió en la prensa nacional, sino que su eco rebotó por todo el mundo, hasta el New York Times habló del tema. Duraron meses las indagaciones hasta que poco después del aniversario del robo, la policía entró en un garaje propiedad del electricista y allí, envuelto en papeles de periódico (bien) y un saco de pienso (regular tirando a mal), encontró el valiosísimo libro. El ladrón, aunque ya no trabajaba en la catedral, había conservado las llaves y le había resultado facilísimo sustraerlo. Hasta aquí digamos que todo más o menos normal. Cutre, pero no demasiado llamativo. La sorpresa de los investigadores llegó justo antes de hallar el preciado códice; en el piso familiar de quien lo había robado hallaron la friolera de 1,7 millones de euros en efectivo. No mucho después se supo que también era dinero arramblado: del cepillo de la catedral. Al parecer, el hombre, antes de dar el gran golpe, se había dedicado a ir cogiendo billetes gordos de los donativos que los creyentes, mayoritariamente seguidores del Camino de Santiago, regalaban a la Iglesia. A la simpleza y esperpento del robo se une una dejadez de funciones en la gestión económica de la catedral, principal templo cristiano español, si no me equivoco, espeluznante, o de cachondeo, según prefieran.
Luego está la circunstancia de que este tipo, que había saqueado a mansalva, se cabreara con sus empleadores por una minucia comparada con lo que había afanado. Para rematar la cuestión, sucede que sale en toda la prensa, en las televisiones, de que el revuelo mediático que se forma en torno al robo es mayúsculo y el individuo carece de lucidez para pensar que, en cualquier momento, iba a salir su nombre y algún policía iba a meter la nariz en su casa. No, como si nada, siguió conservando el objeto sustraído y continuó guardando el dinero en metálico, sintiéndose, supongo, inmune.
No se puede tener todo
Dios, el azar o lo que prefieran le dio la oportunidad de, sin que nadie se enterara, hacerle millonario, pero no la inteligencia mínima para conservarlo. Es como esa estadística que dice que dos de cada tres agraciados con la lotería acaba, en cinco años, perdiéndolo todo. Como los deportistas que se vuelven ricos con veintipocos años y antes de los cincuenta han arrasado su fortuna. La vida les da la suerte o la capacidad física para triunfar, pero no el cerebro para mantenerlo. Diría, bien pensado, que es justo, caramba. No se puede tener todo.
Editor de La Pajarita Rosa
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