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Opinión | Pensamientos desde el rincón

La rebelión de la imaginación

László Krasznahorkai durante la lectura de su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2025.

László Krasznahorkai durante la lectura de su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2025. / MEDITERRÁNEO

«Ser humano, criatura asombrosa, ¿quién eres?». Con esa pregunta —casi un grito suspendido entre dolor y asombro— László Krasznahorkai asumió el Premio Nobel de Literatura el pasado 7 de diciembre. Su discurso no fue celebratorio, ni condescendiente con las modas del mercado; fue un relato apocalíptico, lúcido y desnudo sobre el rumbo de nuestra especie. Una mirada que no se conforma con ornamentar lo evidente, sino que insiste en preguntarnos por aquello que siempre está en juego: nuestra alma colectiva.

Krasznahorkai nos recuerda que hemos puesto el mundo en manos de «ángeles» que ya no tienen alas –profetas tecnológicos de un futuro mejor– mientras la humanidad se desangra en guerras, exclusión y una implacable indiferencia hacia la dignidad. Y es en ese abismo donde señala, con dolorosa claridad, que hemos sacrificado la imaginación: «destruyendo la imaginación, ahora solo te queda la memoria a corto plazo». La literatura, entonces, emerge como una resistencia; un territorio donde el pensamiento se rehúsa a ser domesticado.

Esta idea va de la mano con la provocadora voz de Angélica Liddell en Cuentos atados a la pata de un lobo (Malas Tierras). Para Liddell, el escritor no debe ser amable ni útil; debe ser problemático, «altamente problemático, peligrosamente problemático», como se lee en uno de los abyectos e insólitos relatos. El arte, en su forma más pura, es una rebelión contra la falsedad: una rebelión de lo inútil, de lo que no tiene precio en el mercado pero sí sentido para nuestra conciencia. En un tiempo donde todo se valora por su eficacia, por su rentabilidad, Liddell reivindica la inutilidad como acto de subversión. El escritor que cuestiona, que incomoda, que no se arrodilla ante la corrección social, es el escritor que mantiene vivo el riesgo de imaginar otros mundos posibles.

Krasznahorkai y Liddell comparten una misma intuición: la literatura no ofrece consuelo; ofrece claridad en tiempos de opacidad. Cuando el mundo institucional intenta domesticar el pensamiento –transformándolo en herramienta productiva, en entretenimiento anestésico–, la auténtica literatura se opone. Y lo hace no desde la complacencia, sino desde la provocación, la pregunta, el desafío.

Hoy, más que nunca, necesitamos esa literatura rebelde. Porque solo enfrentando lo que nos adormece podremos recuperar nuestra imaginación: la última frontera de la libertad humana.

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