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Opinión | COSAS MÍAS

Reyertas vecinales

Podemos imaginar el Castellón bajomedieval como similar a las ciudades musulmanas pobres del Norte de África de hace poco más de medio siglo: casas de tapial, formando calles transitadas por hombres, mujeres, sobre todo, niños jugando animadamente por doquier a los palitos, a las birlas o a la trompa y, además, animales sueltos que avivaban el ambiente, durante las horas diurnas. Por el contrario, a partir del crepúsculo, las vías públicas se volvían solitarias sin otra parranda que los maullidos gatunos, ya que hasta los cantos serenateros estaban prohibidos por decreto municipal.

La noche era especialmente propicia para el robo, buena prueba son los numerosos decretos recogidos en el Llibre d’Ordinacions respecto de las sustracciones en los huertos, que permitían aliviar el hambre o sacar algún provecho con una venta furtiva. De hecho el Ayuntamiento nombró dos parejas de alguaciles para vigilar los terrenos de labor, que podrían ser un precedente de los populares guardias de campo, de la Hermandad de Labradores. En ocasiones, el justicia solía acompañar a los alguaciles para la ronda de inspección nocturna.

Pero la ciudad, si nos olvidamos de ataques de bandoleros o enemistades entre familias, no presentaba un panorama muy pendenciero. Como mucho, se cometían cuatro fechorías graves al año, en un hábitat de unas 2.000 almas, de las cuales pocas acababan con sangre y menos con la calificación de homicidios. Las reyertas, pocas veces veían desnudarse las espadas o puñales, siendo las riñas a puñetazos las habituales.

Cronista oficial de Castelló

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