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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

La muerte de Jesucristo... García

Al repasar mis columnas de años anteriores por estas fechas, observo que he eludido sistemáticamente el tema navideño. Iba a hacerlo justo hoy, 10 de diciembre, para que se publicase el día 20 y va y se nos muere Roberto Iniesta, el Robe de Extremoduro. Así que toca hablar de uno de mis referentes musicales de juventud, sobre todo en su primera etapa, la más transgresora y salvaje, la de los primeros discos de la banda placentina. Allí encontramos a un grupo rebelde, gestado fuera de los cauces habituales (sacaron el primer disco con lo que ahora llamaríamos un crowdfunding) y con unos fans que admiraban la crudeza e irreverencia de sus letras tanto como el sonido vibrante de su música. Luego cambiaron y, aunque a mí ya no me gustaban tanto, admiro su personalidad: la mutación muchas veces viene de la madurez, de la experiencia, del puro conocimiento que da la vida. Podían haberse quedado con el aprecio de aquellos pocos que les seguíamos en sus inicios, pero el cuerpo les pedía hacer otro tipo de composiciones y le dieron una vuelta a sus canciones. Llegaron a ser populares, admirados por las masas, con una música de calidad y diferente que, en el fondo, mantenía una singularidad propia y la esencia de esa poesía desgarrada y arisca que los llevó a destacar en sus inicios. Sus canciones siempre partieron de las entrañas de Robe y llegaban, llegan, llegarán, al corazón de cuantos las escuchen.

No sé si fue la primera vez que lo vi tocar en directo, me sorprendió que fuera sin camisa y con falda. Me impactó. Al instante me pregunté por qué no. En dos segundos mi mente vaticinó que en unos años todos los hombres iríamos con falda. Como en otros de mis pronósticos, está claro que me equivoqué, pienso que por desgracia. Roberto Iniesta no era un generador de moda, un influencer, sino alguien que vivía agarrado a sus propios principios y le importaba un carajo qué pensasen los demás. Justo lo que no hacemos la mayoría de nosotros. Por eso él era especial y usted y yo no lo somos.

Muchas son las canciones de Extremoduro que me encantaban y me siguen gustando (no pasa así con todo lo que escuchaba de joven), pero para mí la más significativa, la primera que me viene a la cabeza es Jesucristo García. Más allá de lo llamativo de su letra, de lo impactante, subyace una abierta crítica social, una sensación de desarraigo, de búsqueda de redención, de inconformismo que marida muy bien con la juventud. Posiblemente, parte de todo eso se pierda al ir envejeciendo, pero al escucharla vuelvo a sentirme un chaval. Eso tiene partes buenas y otras no tanto, claro. Ya se hacen una idea de lo que quiero decir si también peinan alguna cana.

Así que otro año más sin hablar de la Navidad en esta columna. Da igual. La tienen delante de las narices y no van a poder escaparse de ella, aunque lo deseen con la máxima fuerza. Como yo tampoco me desligaré nunca de la música de Robe, ni de aquel que fui hace ya treinta años. Es la vida, que se agarra como una lapa a sus propios referentes, al entorno. No siempre de manera voluntaria. Esta vez sí, y con gusto.

Es editor de La Pajarita Roja

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