Opinión | PARECE UNA TONTERÍA
Hice
Cogí ocho semáforos seguidos en verde. Cambié de sitio la mesa de mi estudio. Me sorprendió un apagón mientras leía una entrevista de Ray Loriga en el baño. Participé en el jurado de un festival de cine. Volví a no escribir un prólogo. Recordé que vinimos a la vida a no se sabe el qué, así que respondí con un «me da igual» a muchas preguntas. Desistí de ir a Correos una docena de veces tranquilamente. Conocí al editor de Stoner en español. Abandoné tres libros a medias.
Cené en un mexicano a treinta y nueve grados, y al salir sentí fresco porque en el exterior había treinta y seis. Pinché. Conocí al poeta Pablo Otero. Me pasé trece horas en un ferry. Me equivoqué de dirección y el taxista me soltó en un lugar perdido e inhóspito de Bogotá. Volví a regalar Juicio Universal, de Giovanni Papini. Pedí la hora a una mujer en la calle, que se remangó y consultó el reloj, resultando ser las «casi las once menos cuarto». Mantuve con vida un bonsái. Cambié de sitio el lugar donde dejo las llaves al entrar a casa. Me felicitaron por llevar la camisa bien planchada.
Compartí asiento en un avión con un pasajero que se pasó once horas jugando al solitario. Me dejé bigote en dos ocasiones. Me invitaron a una cena en Shanghái programada para las cuatro y media de la tarde, y llegué tarde. Perdí las llaves de casa en un taxi, que me las devolvió a los dos días previo pago de otra carrera. Me encontré a Santiago Gamboa en Pekín. Descubrí la literatura de José Avello. Me disfracé de Sito Miñanco.
Cerré sesión en X sin querer, y ya nunca logré recuperar la cuenta porque no olvidé mi código de respaldo. Fui a un restaurante en el que la cena incluyó una manicura gratuita. Me enamoré del vídeoclub Stromboli y de su dueño. Me enamoré de una playa de Cerdeña. Cambié de teléfono y al mes lo rompí. Seguí comprando camisas blancas. Me citaron en sede judicial y alegué que estaba fuera de la ciudad para no comparecer, aunque era mentira. Fui a una fiesta de cincuenta cumpleaños. Pude haber cogido piojos. Se me murieron tres amigos. Recurrí cuatro veces al servicio de habitaciones y pedí siempre Sándwich Club. Escribí una postal. Envié un audio de doce minutos. Llegué a dos presentaciones diciendo: «Me meo». Tuve que coger tres trenes distintos para regresar de Salamanca a Ourense.
Me preguntaron qué es el tiempo y una vez más no supe qué decir. Un señor de 64 años me preguntó si éramos más o menos de la misma edad. Me hice una resonancia, de lo que me sobrecogió no el ruido de la máquina, sino la música española que ponen en los auriculares para soportarlo. Participé en el rodaje de una película. Volví a preguntarme de dónde saca la gente la fuerza mental para pensar en los regalos de Navidad.
Seguí perdiendo memoria, pero en cambio me acordé del primer libro que leí en Círculo de Lectores. No fui persona tres días en todo el año.
Llamaron al telefonillo y cuando me dijeron: «Hola, queríamos dejar una invitación a recordar la muerte de Jesús», respondí: «Qué Jesús».
Escritor
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