Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Calendario
Ahora que acaba el año, me uno a una vieja propuesta que creo tiene tantas probabilidades de hacerse realidad como que mi hijo gane el Balón de Oro o que yo llegue a maestro de ajedrez. Les hablo de cambiar el calendario y estandarizar los meses a una duración fija de veintiocho días cada uno de ellos. Siempre empezarían en lunes. Con los días que nos sobran, daría para un decimotercer mes. Se admiten ideas para bautizarlo: decimoterciembre propongo yo. Con esto nos sobraría un día (trece por veintiocho son trescientos sesenta y cuatro), los años bisiestos dos. Este día, que serían dos cada cuatro, se quedaría fuera del sistema, funcionaría como una suerte de Año Nuevo, entre el 28 de diciembre y el 1 de enero. Sí, porque el último mes del año no sería el decimotercero, ya que este en la proposición original se llamaría sol y se situaría entre junio y julio. Todo sería muy coherente y efectivo. Fíjense que la mayoría de pagos recurrentes los gestionamos de forma mensual y febrero tiene dos o tres días menos que unas cuantas mensualidades. Depende de cómo caigan los días de la semana, se pueden llegar a trabajar, por ejemplo, hasta cinco o seis días menos que otro mes, un 25% menos para cobrar (o pagar, según se mire) exactamente lo mismo. En verdad, el sistema actual se podría decir que es caótico, ineficiente.
No sé qué se había pensado para las celebraciones en los días que van del 29 al 31. Bastaría un poco de buena voluntad y traspasarlas al veraniego mes llamado sol, que, pobre, carecería de onomásticas, al menos al principio.
Sí, lo sé, lo sé… Nos cargamos la doceava parte del santoral católico, en algunos casos, como san Miguel o san Pedro y san Pablo o san Vicente Ferrer, de relevancia para un montón de pueblos y ciudades. Supongo que con un Papa moderno y receptivo todo se podría solucionar.
Este calendario llegó a la vieja Sociedad de Naciones, la precursora de la ONU. Allí no prosperó. La principal pega, aparte del tradicionalismo religioso, la suponían los costes de aplicación y, supongo, la falta de unanimidad que seguro habría (algunos países intuyo que se opondrían solo para tocar las narices). Ahora esos costes de aplicación nos llevarían a una especie de sofisticado efecto 2000, al temor del colapso informático. Bueno, desde la pandemia del 2020 el miedo por el apagón eléctrico y definitivo viene aumentando (vaya susto que nos llevamos los españoles en abril…).
Si le doy una vuelta a la reflexión, me bajo de la propuesta. El mundo es caótico, impredecible, disforme, ambiguo, un puro oxímoron en sí mismo. Eso causa desconcierto y, a la vez, vuelve maravillosa la vida. Sin la desorganización general en la que nos sumergimos, más allá de los gobernantes de turno, la civilización jamás hubiese avanzado tanto como lo ha hecho. Así que dejemos de lado la eficacia y la eficiencia. ¿Han visto algún cuadro de Velázquez o de Picasso que sea perfectamente simétrico? ¿Algún libro de Cervantes o de Unamuno convertido en un largo palíndromo? ¿No? Pues eso, a la basura el calendario fijo universal. ¡Felices fiestas!
Editor de La Pajarita Roja
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