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Opinión | EDITORIAL

Un 2026 de fuerte impacto al viajero

Hablar de infraestructuras es hablar de paciencia y de confianza en las administraciones. Son proyectos necesarios y nadie lo discute, pero también son una fuente constante de molestias y de incertidumbre para quienes dependen de ellas a diario. En el caso de Castellón, la red ferroviaria se ha convertido en el ejemplo más claro de esa tensión permanente entre el futuro prometido y un presente lleno de retrasos incidencias y obras interminables. Lo hemos vivido en primera persona y, mal que nos pese, seguiremos sufriendo estas anomalías.

Los usuarios de Cercanías, como de manera habitual se viene recogiendo en estas mismas páginas, llevan años soportando un servicio irregular marcado por averías, demoras y cambios de horarios. El tercer hilo del corredor mediterráneo, una obra final cuya trascendencia para nuestro progreso está lejos de cualquier duda, nació como una solución provisional y con el paso del tiempo se ha transformado en una obra casi estructural, que ha condicionado la movilidad de miles de personas. La sensación de provisionalidad eterna ha erosionado la confianza y ha instalado la idea de que los plazos oficiales son más un deseo que un compromiso firme.

A esta situación se suman ahora nuevas fases de obras que volverán a poner a prueba la resistencia de la ciudadanía. El horizonte de 2026 aparece como un punto crítico con actuaciones de gran calado que afectarán de lleno a la circulación ferroviaria por el norte de la provincia. El anuncio de cortes totales y la sustitución de trenes por autobuses (nada que no nos resulte nuevo) es un escenario que ya despierta inquietud entre usuarios que conocen bien lo que supone un transporte alternativo mal dimensionado.

No es la primera vez que se promete tranquilidad ni la primera vez que esa promesa se pone en duda. La experiencia reciente demuestra que cada incidencia se traduce en tiempo perdido y en un desgaste que va más allá de lo material. Para muchos trabajadores, estudiantes y familias el tren no es una opción secundaria, sino una herramienta imprescindible para su vida cotidiana.

Al mismo tiempo, resulta más que evidente que las mejoras son necesarias y que el corredor mediterráneo es una infraestructura estratégica para el desarrollo económico de la provincia y del conjunto del arco mediterráneo. La futura conexión de alta velocidad entre capitales valencianas y la mejora de los accesos ferroviarios al puerto son proyectos, en realidad, con un potencial indiscutible. El problema no es el destino sino el camino.

Pero el reto para las administraciones ya no es solo ejecutar las obras, sino gestionar el impacto social de un proceso largo y complejo. Informar con claridad, cumplir los plazos y ofrecer alternativas eficaces será tan importante como colocar raíles o levantar túneles. Cada retraso añadido y cada improvisación minan la credibilidad institucional y tenemos que cuidarnos de no caer en un desaliento que no conduce a nada.

Castellón se enfrenta en este nuevo año a meses decisivos en materia ferroviaria. El punto de no retorno ya se vislumbra y la ciudadanía asume que habrá incomodidades. Habrá que armarse de mucha paciencia. Lo que no puede asumirse es que se repitan errores del pasado. Si el sacrificio merece la pena solo se demostrará con hechos con mejoras reales y con un servicio que esté a la altura de una provincia que lleva demasiado tiempo esperando.

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