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Opinión | EDITORIAL

Ucrania, un puzle enrevesado

El acuerdo sobre el 90% del plan de 20 puntos elaborado por el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, no desvanece las dudas sobre el camino hacia el final de la guerra trazado por Donald Trump, aunque aporta algunas mejoras sustanciales sobre anteriores puntos de partida. Las garantías de seguridad para Ucrania casi acordadas, que comprometen a Estados Unidos y a Europa en un eventual pacto a tres bandas, la aceptación al plan de prosperidad (reconstrucción del país) propuesto por Kiev y la posibilidad de un ingreso exprés del país en la Unión Europea, con un periodo transitorio por determinar, son pasos en la buena dirección. Pero la negativa de Vladimir Putin a respetar una tregua navideña, la simultaneidad de las negociaciones en Mar-a-Lago con una ofensiva a gran escala de Moscú y la exigencia del presidente ruso de que prevalezca su plan de 27 puntos y no el de Zelenski justifican los malos presagios.

Básicamente, Rusia no está dispuesta a renunciar a sus objetivos de anexionarse incluso los territorios que no ha conseguido conquistar, siquiera sea mediante la desmilitarización del Donbás y de Donetsk, ni a traspasar la gestión de la central nuclear de Zaporiya a Estados Unidos y Ucrania, entre otros requisitos inaceptables para Ucrania.

Putin antepone la estrategia de la victoria militar a cualquier consideración. Se lo reiteró a Trump sin mencionarlo en el diálogo que mantuvieron antes de la cumbre con Zelenski y sigue vigente la enigmática sentencia deslizada por Trump el viernes en declaraciones al medio digital estadounidense Politico: «Zelenski no tiene nada hasta que se apruebe». El hecho de que en enero se sumen a la dinámica negociadora varios líderes europeos, a quienes la Casa Blanca confiere ahora una importancia que antes les negó, es una modificación insuficiente para dejar de ser conscientes de que queda un largo trecho por recorrer y que, entre tanto, el Kremlin mantendrá sus ataques. El curso de los acontecimientos, a punto de cumplirse cuatro años de la invasión, no deja lugar a dudas de que en el ánimo de Putin tiene una importancia secundaria la situación de su economía, a un paso de la recesión debido a las sanciones, y el parte de bajas, siempre en aumento.

Que Zelenski mantenga abierta la interlocución con Trump es una victoria después del desarrollo abrupto de la primera cumbre con Trump, y también que se hayan comprometido nuevas ayudas militares. Pero esta resignación de Ucrania a jugar las reglas de la realpolitik está por ver que tenga retribución. Basta ver en qué orden de prioridades Trump sitúa la solidaridad con quien se supone que son sus aliados atlánticos y las perspectivas de negocio conjunto esbozadas por Rusia y Estados Unidos: tierras raras y control de las rutas de navegación árticas.

Para Trump, Putin sigue siendo alguien deseoso de alcanzar la paz en una guerra que inició y no ha querido en ningún momento pausar. Para el presidente ruso es inaceptable hacer una sola concesión a Zelenski. Para este, ningún trato tiene sentido si no se garantiza con largueza la seguridad de Ucrania. Un puzle de una enorme complejidad en el que es harto difícil encajar todas las piezas. Sin duda, algún progreso hubo en Mar-a-Lago, pero los flecos pendientes son bastante más que el 10% que en teoría queda por pactar.

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