Opinión | VIVIR ES SER OTRO
No, no nos moverán
Desde el pasado verano hasta estas Navidades, en casa hemos disfrutado, sorbo a sorbo, la vieja y mítica serie televisiva Verano azul. Yo no había vuelto a verla desde su emisión original, allá por los ochenta del siglo pasado, cuando era un niño. Mi mujer, nunca la había visto, y mi hijo, de ocho y nueve años, obviamente tampoco. El pequeño de la casa tenía solo unos meses menos que yo cuando la emitieron.
La hemos gozado los tres. Los adultos pensábamos que el niño se cansaría rápido, que no se amoldaría a los ritmos y temáticas de la serie. Ya desde el principio nos percatamos de que la calificación para mayores de 12 años parecía oportuna. No por violencia ni sexo, sino porque trata asuntos de calado y tiene subtramas difíciles de comprender sin la madurez oportuna. La historia de Julia, que no recordaba, es de una tristeza brutal, incluso diría que excesiva e innecesaria. Pero el chiquillo se lo ha pasado genial porque se ha prendado de uno de los personajes: Tito. También Manolito, Piraña, Pi le ha gustado un montón. La presencia de los pequeños de la pandilla ha hecho que más de un sábado fuera él quien nos recordase que tocaba ver la serie.
Esperábamos con ganas sobre todo los dos capítulos de la parte final, los icónicos: aquel en que tratan de desahuciar a Chanquete de su barco y entonan una canción legendaria, generacional, que más de una noche de fiesta voceamos los amigos allá por los noventa sin que viniese a cuento: «Del barco de Chanquete, ¡no nos moverán!». Y, sobre todo, cuando muere el mítico marinero. Mi mujer, aun a sabiendas del desenlace, lloró. El niño no, pero estuvo serio y taciturno todo el capítulo. Yo me quedo con la impresión de que la serie es mucho más que esas dos escenas memorables.
Han pasado más de cuarenta años desde su estreno y los grandes pilares que la sustentan siguen siendo de plena actualidad. Se desarrolla, en lo fundamental, como un canto a la amistad, no solo entre los jóvenes de la pandilla, con sus bicicletas y sus personalidades distintas, sino entre generaciones: los chiquillos, los padres y Julia, Chanquete. La serie posee un profundo apego a lo didáctico, a explicar esa España de principios de los ochenta, recién salida de la dictadura, con una juventud deseosa de cambio y unos padres, los actuales jubilados, que andaban un tanto desconcertados por aquella época de cambios. También deseosos de pasar página, pero al mismo tiempo aferrados a la tradición, a los usos y costumbres en los que se criaron ellos, la primera generación posterior a la Guerra Civil, que tampoco lo tuvo fácil, pero que se ahorró el luchar en la contienda fraticida.
Verano azul se ve perfectamente hoy en día, a pesar del tiempo transcurrido. Tal vez quienes no vivieron esa época la aprecien de otra manera, pero está llena de valores, incluso tiene una potentísima funcionalidad pedagógica para aquel momento histórico concreto que tampoco chirría hoy en día. Se ven diferencias, claro, con el presente, y quizá en ellas podamos indagar por qué la juventud actual piensa y actúa como lo hace, para bien y también para mal.
Carlos Tosca es editor de La Pajarita Roja
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