Opinión | AL CONTRATAQUE
Flores de plástico para Europa
Azul, rojo o fucsia son los colores que se adivinan en esas flores ya descoloridas. No alegraron nunca una casa, no tuvieron un jarrón que las acogiera ni un plumero que las librara del polvo. Se quedaron ahí, en la intemperie más extrema, hasta que el tiempo les robó los colores. Flores de cementerio, inertes testimonios sobre una auténtica epidemia que asola a los groenlandeses, especialmente a los jóvenes inuit.
La enorme isla enclavada entre el océano Atlántico y el océano Glacial Ártico es uno de los territorios con mayor tasa de suicidios del mundo. Si la tasa promedio anual es de nueve suicidios por cada 100.000 personas (en España ronda los siete), en Groenlandia alcanzó los 81,3 entre 2015 y 2018. En los años 80, la tasa superó el 100. La estadística se materializa en esas tumbas numeradas, sin nombres ni fechas, ambos borrados por el estigma del suicidio.
Sobre esas muertes escribe Niviaq Korneliussen en su dura, bella y excelente novela El Valle de las Flores (Editorial Sexto Piso, 2025). La autora señala un pasado colonial de desarraigo y abusos como el germen de una espiral negativa y contagiosa. El texto se divide en 45 capítulos, cada uno de ellos encabezado por un texto breve, un puñetazo, sobre un suicidio. 45 capítulos numerados de mayor a menor. Una trágica cuenta atrás.
Trump también está sometiendo a la Unión Europea (UE) a una inquietante cuenta atrás. Sus diáfanas declaraciones a favor de apoderarse de Groenlandia representan un desafío al territorio autónomo, a Dinamarca, a la UE y a la propia supervivencia de la OTAN. Aunque enmarca su interés en la seguridad nacional, el argumento es endeble.
En virtud de un acuerdo sellado en la Guerra Fría, Estados Unidos ya disfruta de un amplio acceso militar a Groenlandia que podría ampliar sin problemas. Es evidente que su interés está puesto en esa promesa de grandes yacimientos de minerales de tierras raras (vitales para las industrias de alta tecnología) que ayudarían a EEUU a reducir su dependencia de China. Groenlandia no quiere vender. Dinamarca no puede hacerlo por el estatuto de autogobierno groenlandés. Trump quiere la isla. Y la posibilidad de una intervención armada mantiene en vilo a la UE. ¿Cómo alcanzar un acuerdo de paz para Ucrania y frenar las ansias expansionistas de Putin sin el apoyo de EEUU? Ante el acoso, Europa permanece como un animal deslumbrado por unos faros que se aproximan a gran velocidad. La cuenta atrás ya ha empezado. 45, 44... 23... 15...
El temor y el desánimo son municiones poderosas, y Trump lo sabe. Su política (amenazante, desconcertante y violenta) trabaja para provocar esas emociones más allá de sus actos. Groenlandia es un paso más en su estrategia. Quiere que Europa se sienta miserable e impotente. Tan débil que acepte todas sus exigencias: vía libre a sus tecnológicas y gasto en defensa. Es posible que el fin de la UE esté a la vuelta de la esquina, pero la parálisis tiene mucho de suicidio prematuro. Sobre su tumba solo quedarían unas tristes, tristísimas flores de plástico.
Escritora
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