Opinión | LA COLUMNA
Yo no firmo el manifiesto de Jordi Sevilla
La razón por la que no voy a firmar el manifiesto de Jordi Sevilla es bien clara: soy socialdemócrata.
Y precisamente por eso no puedo suscribir un texto que, bajo una apariencia de moderación, confunde las causas con los efectos. Si lo que pretende es anteponer el diálogo a la polarización y fortalecer la socialdemocracia, siento decirlo con franqueza: el diagnóstico falla y, en consecuencia, la receta para este problema también.
Ni la polarización política ni el auge de la extrema derecha nacen del actual Gobierno ni del PSOE. No son el resultado de una supuesta deriva radical de la socialdemocracia, sino de un proceso deliberado y perfectamente reconocible. Los discursos incendiarios, el uso de la mentira como herramienta política, las campañas de deslegitimación personal, las persecuciones por tierra, mar y aire, el insulto como norma y la pérdida de todo respeto institucional no surgieron como reacción, sino como método.
Una parte de la derecha, cuando no gobierna, considera al adversario un enemigo a abatir. Y para ello todo vale, aunque se dinamite la democracia. Por eso el crecimiento de la extrema derecha es más el resultado de quien la blanquea o la imita, de quien ayuda a normalizar sus marcos y compra su lenguaje.
En nombre de la moderación no puede pedirse que la izquierda se mueva siempre un paso atrás, ni que pida perdón por estar en el gobierno. Como si la socialdemocracia se fortaleciera diluyéndose. Como si el diálogo fuera un valor unilateral que solo deba ejercer quien defiende el Estado del bienestar, los derechos laborales o la justicia fiscal.
La socialdemocracia no nació para ser equidistante, sino para ser justa. No para pedir permiso, sino para transformar. Su fuerza histórica no ha estado nunca en la tibieza, sino en la claridad moral y política: en saber de qué lado está y en conocer también para quién gobierna.
Dialogar, sí. Siempre. Pero sin aceptar marcos falsos ni asumir culpas ajenas. El conflicto y los modelos diferentes de país existen. Negarlo no lo hace desaparecer; solo deja el terreno libre a quienes no tienen ningún problema en explotarlo sin escrúpulos.
La polarización no se combate desarmando a la democracia, sino fortaleciéndola. No rebajando el discurso de quienes defienden derechos, sino exigiendo responsabilidades a quienes los atacan. No señalando al Gobierno progresista como origen del problema, sino a quienes han decidido convertir la política en un campo de batalla permanente.
No firmo ese manifiesto porque creo en una socialdemocracia valiente, sin complejos. Una socialdemocracia que no confunda moderación con renuncia ni diálogo con sumisión. Una socialdemocracia que, en tiempos de ruido y furia, clarifique y oriente a la sociedad.
Y porque, al final, no hay nada más peligroso para la socialdemocracia que dejar de creerse a sí misma, o hablar en su nombre cuando no se cree en ella.
Exjefe de Gabinete de la Diputación de Castellón
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