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Opinión | Y SIN EMBARGO

Normalizar la despoblación

Hay quien piensa que la despoblación es un número más, como los del último padrón de habitantes. Pero los datos vuelven a evidenciar por qué buena parte del interior de Castellón ya se engloba en la llamada Laponia española.

La despoblación se siente. Se escucha en el silencio de las calles y, ahora, también en la persiana bajada de los bancos y la desaparición de cajeros en pueblos, como los últimos casos conocidos en les Useres o Catí. No solo faltan personas: empiezan a faltar servicios esenciales. Para muchos vecinos, especialmente mayores o con menos dominio digital, esto supone perder la posibilidad de gestionar su propio dinero sin desplazarse.

Lo verdaderamente grave es que todo esto empieza a parecernos normal. Normalizamos la despoblación cuando dejamos de indignarnos, cuando asumimos que hay pueblos condenados, cuando el abandono se convierte en rutina administrativa y el silencio en paisaje.

La despoblación no empieza cuando se va el último vecino. Empieza cuando un joven asume que su futuro no cabe en su pueblo. Cuando montar un negocio es una heroicidad y las mejoras en el transporte público son una promesa vaga. Cuando la cobertura falla y el teletrabajo es una quimera. Empieza cuando vivir en el interior es un acto de militancia.

No es un problema rural, es un problema político. De modelo y de prioridades. Se han hecho planes, estrategias, comisionados, jornadas y fotos. Mientras tanto, la gente sigue marchándose. La despoblación no se combate con nostalgia, sino con servicios, conectividad, vivienda, empleo y decisiones valientes. Castellón se juega mucho y no puede permitirse normalizar lo que no es normal.

Redactor jefe de 'Mediterráneo'

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