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Opinión

Ser Groenlandia sin saberlo

Pérez Llorca interviene en el homenaje a Manuel Broseta, este jueves.

Pérez Llorca interviene en el homenaje a Manuel Broseta, este jueves. / Germán Caballero

Las recientes elecciones en Extremadura dejaron mensajes claros, que coinciden con el ambiente político que en general se respira: el PSOE se hundió (perdió casi la mitad de sus diputados) pero el PP no fue capaz de rentabilizar la presidencia de María Guardiola y, aunque creció un escaño, quedó lejos de la mayoría absoluta necesaria para gobernar en solitario o, al menos, con algo más de estabilidad. Podemos reverdeció, aunque de forma insuficiente. Y Vox se consolidó como tercera fuerza política, cada vez más cerca de ser en algunas regiones segunda.

Es cierto que la situación en Extremadura era singular. Los socialistas concurrían con un candidato desacreditado por su relación con Pedro Sánchez y los líos judiciales que ello le han acarreado y Guardiola es una presidenta que, al contrario de lo que hizo en la Comunitat Valenciana Mazón, se resistió al principio con uñas y dientes a dejarle espacio a la ultraderecha, pero a la postre no ha sido capaz de arrinconarla: hoy la necesita más que ayer. Los próximos comicios en Aragón y Castilla y León serán un espejo más fiel de las dinámicas que pueden proyectarse a todo el país. Pero sobre todo serán las elecciones andaluzas las que marquen tendencia.

Moreno no parece tener en riesgo la presidencia, pero sí desde luego la mayoría absoluta y, sobre todo, la imagen que se ha esforzado en cultivar de líder moderado de la derecha. El malagueño ya sabe lo que es depender de otros. Llegó a la presidencia en la primera legislatura con el peor resultado que el PP había obtenido en años en esa comunidad, pero el pacto con Ciudadanos y el apoyo de Vox le permitieron adueñarse de San Telmo. Desde allí logró desplegar una doble y exitosa estrategia: la de fomentar un cierto nacionalismo andaluz basado en el orgullo de pertenencia a una identidad singular que había sido denostada durante décadas y ahora es ensalzada; y la de que el voto útil para frenar a la ultraderecha era, precisamente, el voto al PP. Todo eso le dio mayoría absoluta para este segundo mandato. Pero la corriente política general, el síndrome del palacio, que le ha ido restando progresivamente frescura y contacto con la calle mientras se rodeaba de una corte cada vez mayor, y la falta de un equipo de gobierno suficientemente preparado en muchos casos, le han puesto ahora en situación de tener que afrontar una campaña no con el objetivo de crecer, sino con el de, como mucho, quedarse como está, lo que ya resultaría una proeza.

Pero el examen será para todos. Y si Moreno se juega la mayoría absoluta, el PSOE se jugará en Andalucía, probablemente en junio, buena parte de su futuro como partido estatal. No sólo porque la andaluza es la mayor comunidad de España y un símbolo para los socialistas. Sino porque la estrategia errada de Sánchez de poner miembros de su gobierno a encabezar las listas autonómicas lleva a que un batacazo de los socialistas en Andalucía lo fuera de todos en general, porque es la número dos del Gobierno y del PSOE, la vicepresidenta Montero, la que tiene que competir con Moreno al frente de un partido cada vez más dividido. La izquierda a la izquierda del PSOE sigue, por su parte, mirándose el ombligo: jugando a ganar asambleas entre una sopa de siglas difícil de tragar, para perder elecciones. Y, entre tanto, Vox avanza y ya aspira a ser primera fuerza política (lo que dejaría al PSOE como tercera) en al menos dos provincias. Si eso ocurriera, si Vox se apropiara de Almería o Huelva, si Moreno tuviera que recurrir a ellos para mantenerse al frente de la Junta e incluso incorporarlos a él, la normalización de la ultraderecha en la vida política española quedaría certificada y la estrategia de Sánchez de fiarlo todo de nuevo al miedo a que Vox llegue a formar parte en un futuro próximo del Gobierno central habría demostrado su estrepitoso fracaso. El miedo es una pistola de una sola bala. La primera vez puede funcionar. La segunda, paraliza.

La Comunitat Valenciana no queda al margen de nada de esto. Si las andaluzas van a marcar tendencia, las valencianas no decidirán sólo el gobierno autonómico, sino también el de Madrid, dado el número de escaños que aquí se reparten. Y vivimos una situación inédita, en la que los tres principales partidos (el PP, el PSPV y la coalición Compromís) están todos al mismo tiempo en crisis. Como en el resto de sitios, sólo la ultraderecha se salva, paradójicamente a base de no hacer nada. Y aun yéndole bien así, su propio ascenso está empezando a cambiarles. Hay señales más que evidentes en los últimos tiempos de que el partido de Abascal quiere, al menos en las autonomías y aunque públicamente reniegue de ellas, ganar más institucionalidad y prepara una importante purga en las listas que presente a las autonómicas y municipales, buscando más eficiencia y menos astracaneo.

Si las andaluzas van a marcar tendencia, las valencianas no decidirán sólo el gobierno autonómico, sino también el de Madrid, dado el número de escaños que aquí se reparten.

Aunque el cambio de ciclo produjera la impresión de un resultado más contundente, lo cierto es que las elecciones de 2023 se resolvieron mediante el recurso a la foto finish. Apenas 125.000 votos, sobre un censo de más de 3,6 millones, hicieron caer al Gobierno del Botànic y llevaron a la presidencia a Mazón con el apresurado apoyo de Vox, que sólo duró un año en el Consell pero que no ha dejado de sustentar a los populares ni en los peores momentos de la presidencia más nefasta de la historia. También ahora la sensación es la de que el bloque de la derecha tiene más posibilidades de mantener el poder que el de la izquierda de arrebatárselo. Pero igual que en 2023, todo indica que en 2027 el resultado será también ajustado. Así que la victoria final dependerá de nuevo de la movilización del electorado en favor de un bando o del otro. Gana el que más gente saque a la calle. Pero no a gritar, sino a votar. No es lo mismo.

La izquierda en general, y los socialistas en particular, han dado durante un año por hecho que la catastrófica gestión de la DANA por parte del Consell de Mazón sería espoleta suficiente. Pero ninguno de los sondeos conocidos indican eso sino, por el contrario, que ni la pésima gestión del 29O ni el cúmulo de mentiras de sus protagonistas a partir de esa fecha han logrado que el PP pierda la expectativa de ser el partido más votado, aunque sí haya visto esfumarse la posibilidad de una mayoría absoluta que antes de la Gran Riada tenía al alcance de la mano. La falta de liderazgos sólidos y de conocimiento real del territorio, tanto en el PSPV como en Compromís, los escándalos nacionales del PSOE, la absoluta irrelevancia de Sumar como referente político y de Compromís en el ruedo nacional, han hecho que la izquierda en la Comunitat, lejos de proyectarse, se repliegue cada vez más. Las siglas PSPV son ya las de Partido Socialista de la Provincia de Valencia. En Castellón ni sienten ni padecen y Alicante es como Marte: se sabe que una vez hubo vida, pero a día de hoy no queda rastro de ella. En Compromís, Iniciativa pierde los pocos activos que le quedaban mientras la mayor preocupación del antiguo Bloc sigue siendo dónde colocar a Mónica Oltra si vuelve. De Alicante, nada saben pasado el Mascarat.

Pese a ello, a nadie se le escapan los grandes problemas que afronta el nuevo president, Juan Francisco Pérez Llorca. Los efectos de la DANA no han desaparecido con la dimisión de Mazón, sino que no hay día que no proporcionen noticias escandalosas, la última la eliminación de los mensajes que se cruzaron el exjefe del Consell y su mano derecha, José Manuel Cuenca, el día de autos. Si fuera una novela negra, hablaríamos de un burdo intento de borrar las huellas del crimen. Eso no sólo empeora la situación de Mazón, Cuenca y el resto de señalados por el desastre. También la del partido porque Mazón sigue siendo diputado del PP y Cuenca continúa cobrando un sueldo que pagan los mismos ciudadanos a los que ha intentado escamotear la información necesaria para comprender qué pasó el día más desgraciado que vivió la Comunidad Valenciana. Un dislate que seguirá lastrando esas siglas mientras no se decidan a tomar medidas más contundentes.

Si fuera una novela negra, hablaríamos de un burdo intento de borrar las huellas del crimen.

A eso hay que sumar la tensión interna en el PP, que se acrecentará conforme se acerque el momento de elaborar las candidaturas. Y la difícil situación en la que la política nacional pone a Llorca todas las semanas. El mejor ejemplo es el de la nueva propuesta de financiación presentada por el Gobierno de Sánchez. En mal momento, movida por el oportunismo y con demasiadas incógnitas por explicar, lo que la aboca al fracaso. Pero que en todo caso ha provocado que las fuerzas empresariales y sociales hayan hecho un llamamiento conjunto a la negociación y no al rechazo. Negociar es lo que mejor sabe hacer Llorca. Pero Feijóo no quiere ni oir hablar de ello. Así que conforme pasan los días el president ha tenido que ir traicionándose a sí mismo y endureciendo su oposición, justo lo contrario de lo que la sociedad valenciana le pide.

Con un jefe del Consell sin apenas tiempo para consolidar su propia línea política frente a Feijóo, una secretaria general del PSPV amarrada a Pedro Sánchez, un Compromís que pierde más energía en reivindicar a Oltra en Valencia que en pelear por las necesidades de los valencianos en Madrid y un Vox que depende de la arbitrariedad de Abascal, la Comunitat Valenciana no puede aspirar a tener el peso propio que le correspondería en la política nacional. Es Groenlandia, tierra conquistada a la que en todo caso exprimir. Si tuviéramos tierras raras, ya estaríamos en la agenda de Trump.

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