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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

Dos y dos son cuatro

Leí hace poco que el año pasado fallecieron más de mil personas en accidentes de tráfico. Se ve que una cifra bastante parecida a los anteriores. No mejora el asunto, por desgracia. Bueno, en realidad depende de con qué lo comparemos. Si nos vamos a la España de los años sesenta, cuando los muertos en carretera rozaban los dos mil quinientos, el dato del 2025 podríamos considerarlo incluso como muy bueno. Hay, además, un dato crucial: el parque móvil, es decir, el número de vehículos en circulación, en 1966, el año del récord de difuntos, era de apenas entre dos y tres millones; ahora supera los cuarenta y dos millones. Supongo que no hará falta calcular para ver hasta qué punto se ha mejorado, pero grosso modo, si la tasa de los sesenta se mantuviese en la actualidad, nos sale que se dejarían la vida en la carretera más de cuarenta mil personas anualmente.

¿Qué factores han evitado este horror? Sin duda la mejora de la red viaria, el aumento en la seguridad de los vehículos y también, supongo, una concienciación social que comenzó en los ochenta con las campañas de la DGT. ¿Se acuerdan del Si bebes no conduzcas de Stevie Wonder?

Quizá alguien piense que he sacado este tema para hablar del despropósito de las balizas, llenas de modernidad, que iban a sustituir a los clásicos triángulos de señalización. Pues no, no era esa la idea, aunque, sin querer queriendo, ya ha salido a la palestra.

Con lo que sí quería relacionar los accidentes de tráfico es con el asunto de las percepciones. Imagino que para las personas allegadas de los difuntos y de los miles de heridos, que me he olvidado de ellos, los números estadísticos les darán absolutamente igual. La desgracia ha llegado a su vida y entiendo a la perfección que no deseen oír ninguna cifra, por positiva que sea. Es como la lotería de Navidad pero al revés. Con la diferencia de que en el sorteo sabemos a priori, sin desviación alguna, a qué minúsculo porcentaje le tocará. Si estamos entre los agraciados, nos van a dar igual las probabilidades; a descorchar cava y punto. Ando espeso hoy. No paro de decir obviedades.

Hace poco alguien me soltó una relativa a las percepciones. Hablábamos de la inseguridad ciudadana o de la ocupación de viviendas, da igual. Vivimos en un país muy seguro, con bajísimos niveles de delincuencia y la tasa de apropiación indebida de casas y pisos es ridícula. Pero está claro que si a uno le toca esa mala lotería su percepción de la situación no será la misma que la del resto. Sigo con perogrulladas.

La lotería

Al final, lo que hay que hacer es comprender a quien ha tenido mala suerte y valorar estadísticamente a los agraciados. Todo lo demás, para el conjunto de la sociedad, es irrelevante. De eso concluimos que la lotería le toca a muy poca gente y que vivimos en un país seguro y tranquilo que es la envidia de muchos, de casi todos. Y los números, fríos y sensatos ellos, lo avalan.

En fin, que esta columna se podría resumir en una frase: «Dos y dos son cuatro». Pero también es cierto que hay gente a la que le cuesta entender esto, por increíble que parezca.

Editor de La Pajarita Roja

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