Opinión | PARECE UNA TONTERÍA
El precio exagerado
Tenía un presupuesto de diez euros para hacer un buen regalo, o a lo mejor un regalo a secas, sin las estridencias a las que convoca a veces lo bueno, ya que en último término «bueno» dependerá de para quién. Diez euros no son moco de pavo, me dije para animarme, y de paso otorgar valor y dignidad al poco dinero que quizás puede parecer a primera vista esa cantidad. Al fin y al cabo, saldría de mi trabajo, mi empeño, mis horas. Casi digo sudor, qué barbaridad. Pensé, y volví a pensar, y después pensé de nuevo. Así me pasé por lo menos cinco minutos, repartidos en tres días. Desafortunadamente no se me ocurrió nada interesante, ni cargado de sentido del humor, ni de simbolismo, ni que gozase de un destello mínimo de audacia.
Me vi tan apurado que me pasé por la librería de una amiga y, desde la puerta, con el local lleno de clientes, pregunté si había algún libro interesante que costase diez euros como mucho. Laura se quedó pensando y dijo que 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, costaba diez euros con noventa en la edición de bolsillo. «Imposible, se me sale de presupuesto», admití con deportividad. Pero me adentré igualmente en la librería, porque recordé que había un pequeño rincón de libros de segunda mano, en el que casi nunca había nada que me llamase la atención. Me obligué a un reajuste de lo que se podía entender por interesante, dada la necesidad que me apremiaba. En unos pocos minutos recolecté cinco libros, con los que me presenté en el mostrador. Cuánto cuestan, pregunté. Laura me miró piadosamente, consciente de las debilidades de mi presupuesto. «Los cinco, diez euros», sentenció. Me vino dios a ver, así que le pedí que me los envolviese en papel de estraza, nada de papel de regalo. Me pareció, de pronto, que había hecho el día, llevándome Café de artistas y otros cuentos, de Camilo José Cela; Mi marido, de Maud Ventura; Un millón de muertos, de José María Gironella; Taxi, de Carlos Zanón; y Gente fabulosa, de Lee Tulloch.
El precio de las cosas, en general, tiene siempre algo fascinante. No es lo que era, por supuesto. Entre todas las maneras de organizar el mundo, quizá la más práctica era aquella que dividía las cosas en baratas y caras. Si querías comprar algo, estudiabas el género, mirabas tres o cuatro veces la etiqueta del precio, y decías «esto sí» o «esto no». Entonces la vida parecía más fácil: cara o barata. Fin de la historia. Pero el mundo cambió rapidísimo: retiraron el viejo y pusieron uno nuevo delante de tus narices. Cuando ahora echas un vistazo a los precios, ya casi ninguno es barato. Poco a poco perdió encanto el acto de comprar. Antes necesitabas algo, o lo descubrías y te enamorabas de él, y en última instancia el precio decidía qué hacías. Si era razonable, casi siempre lo adquirías. Lo razonable, sin embargo, fue dando paso a lo exagerado. Cada vez es más fácil adivinar el precio de las cosas: son caras, sin más. En general, los precios producen ya solo un efecto: desmoralizarte.
Por suerte, hay algo siempre capaz de levantar el ánimo de cualquier ser humano: la ganga.
Escritor
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