Opinión | LA VENTANA DEL CEU
Celebrar la educación
Mañana celebramos el Día Internacional de la Educación, proclamado por Naciones Unidas en 2018. Esta ventana se abre hoy uniéndose a las celebraciones que ya están teniendo lugar en todo el mundo, porque, sin duda, la educación es uno de esos elementos sociales que hay que promover y celebrar.
La idea que mejor refleja qué es la educación la encontré en un informe elaborado en 1813 por diputados de las Cortes de Cádiz, el Informe Quintana, que, definiendo la instrucción pública, venía a decir que era el arte de poner a las personas en todo su valor, tanto para ellos como para sus semejantes. Por esto me ha parecido siempre que llamar artesano al educador es un acierto enorme, porque el educador entrega al alumno su tiempo, conocimientos, amor por la ciencia, técnicas y habilidades. Y, al hacerlo, va puliendo al alumno para ir sacando de él lo mejor que cada estudiante tiene. Va convirtiendo la potencia de ser que hay en el educando, propia de su dignidad, en una dinámica de humanidad única, distinta a la de cualquier otro ser humano. No es el maestro el que hace al alumno, pero, sin él, el alumno habría sido, quizá, muy distinto. Especialmente si estamos ante un buen maestro.
Es, por tanto, la educación un arte que se desarrolla de forma idónea en la interpersonalidad, tanto más si somos conscientes de que la educación tiende a «poner a la persona en todo su valor». Y cada persona tiene un valor único, distinto de los demás. No se educan clases, se educan personas.
Para George Steiner, premio Príncipe de Asturias de Comunicación 2001, educar no es solo formar expertos, también hacer de ellos amateurs; es decir, personas que aman lo que conocen e interpretan. Steiner afirma que toda verdadera interpretación exige inmediatez, compromiso personal y responsabilidad. Educar en esta triple exigencia es un camino que aspira a la excelencia.
Frente a la tendencia actual de buscar ayudas externas que eviten afrontar la tarea, la inmediatez exige el acceso directo a las fuentes, su estudio personal y su valoración. Frente a la frialdad de quien se aproxima al texto desde fuera, el compromiso personal exige invertir el propio ser en aquello que se está realizando, sabiendo que, en cada uno de estos actos de interpretación, somos responsables en un sentido moral, espiritual y psicológico. Se muestra a los demás lo que se es desde la más profunda de las razones para implicarse: el amor.
Formar en el amor al prójimo, como afirma Harry Frankfurt, es formar en la razón última de nuestra felicidad, pues no hay nada que haga al ser humano más feliz que el amor a sus semejantes.
En una sociedad como la que aspiramos a construir, donde la razón de ser es el amor al prójimo, la educación que tiende a sacar del otro todo su valor beneficia, en primer lugar, al educando, pero, inmediatamente, a toda la sociedad, que contará con personas más capacitadas para efectuar esta labor de bien común para la que resulta única. Personas, además, mejores en un sentido integral.
Director del campus de Castellón de la Universidad CEU Cardenal Herrera y profesor de Derecho
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