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Opinión | EDITORIAL

Hola borrasca; adiós playas

La borrasca Harry no solo ha dejado una estampa invernal en el interior de la provincia, sino que ha vuelto a poner frente al espejo una realidad que, por conocida, no resulta menos alarmante: la fragilidad extrema del litoral castellonense frente a los temporales marítimos. El episodio de fuerte oleaje registrado en los últimos días ha sido una nueva demostración de que el problema de la regresión de nuestro litoral es una emergencia presente que se repite con una frecuencia cada vez mayor y con consecuencias cada vez más palpables para los municipios afectados.

El mar ha entrado en paseos marítimos, incluso ha sepultado alguna casa (como informa hoy Mediterráneo). También ha dañado playas enteras y ha dejado tras de sí una sensación de abandono. Lo ocurrido en Moncofa con esta vivienda es especialmente ilustrativo de una situación que se cronifica mientras las soluciones se eternizan en despachos lejanos. Son episodios anunciados que se repiten cada vez que las olas muestran su cara más dura.

La insistencia en reclamar la construcción de espigones no responde a una demanda caprichosa, sino a la constatación de que, a día de hoy, es la única medida capaz de frenar la fuerza del mar en las zonas más vulnerables y evitar, de esta manera, que cada temporal suponga un nuevo retroceso. Lo hemos vivido en Moncofa, pero también en Orpesa, por poner solo dos ejemplos de muchos que hay. La sensación en estos municipios es la de estar absolutamente desprotegidos ante un mar abierto y cada vez más agresivo, mientras las administraciones competentes acumulan retrasos en actuaciones que se consideran esenciales para salvaguardar viviendas y garantizar la seguridad de los ciudadanos. Sin una playa consolidada, cualquier temporal se convierte en una amenaza directa para infraestructuras, paseos y viviendas, generando un círculo vicioso de daños, reparaciones provisionales y nuevos destrozos que termina resultando mucho más costoso, tanto económica como socialmente.

Los temporales como el provocado por la borrasca Harry deberían servir, más allá de la crónica de daños, como una llamada definitiva a la acción. La costa castellonense no puede seguir esperando soluciones que, cuando llegan, siempre llegan tarde, ni resignarse a asumir como normal una situación de vulnerabilidad permanente. La adaptación al cambio climático y la protección del litoral no pueden quedarse en discursos genéricos o planes a largo plazo que no se concretan, sino que deben traducirse en inversiones reales, proyectos ejecutados y decisiones valientes que tengan en cuenta la realidad diaria de los municipios costeros. Porque cada nuevo temporal que pasa sin medidas efectivas no es solo un episodio más de mal tiempo, sino un paso atrás en la defensa de un territorio que, si no se protege ahora, puede perderse para siempre.

La inversión realizada por el Gobierno de España en el litoral, que ronda los 32 millones de euros en los últimos años, es un buen dato; sin embargo, la repetición de los mismos daños al paso de cada temporal evidencia que estas inversiones, aun siendo bienvenidas, no están logrando abordar el problema de fondo. La regeneración puntual de playas y la reparación de paseos marítimos no parecen suficientes para frenar una regresión litoral que avanza de manera periódica y que sigue dejando a los municipios costeros en una situación de clara vulnerabilidad.

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