Opinión | VIVIR ES SER OTRO
La intimidad como rebeldía
Conozco a una persona que, las tardes entre semana, a eso de las siete, sale de casa, va a un lugar concreto medio apartado y allí, en soledad, se fuma un cigarrillo. Lo saborea despacio. No sé exactamente en qué piensa; es algo que queda para él (o para ella, eso tanto da). Necesita ese espacio, ese tiempo de calma, alejado de la pareja, de los niños, de la sociedad en general. Nunca se lleva el móvil. Son instantes que no pueden ser mancillados con una llamada o con la tentación de mirar las notificaciones; nada de deslizar el dedo. Es su momento del día. Lo hace a escondidas para que los hijos no vean el mal hábito del tabaco. El resto de la jornada no fuma ni medio cigarrillo, ni siquiera vapea. El autocontrol que demuestra al evitar la adicción es digno de admiración, y quizá de estudio.
Mi amigo (o mi amiga) tiene un secreto. Pequeño, inocente, inocuo (más allá del daño pulmonar que pueda provocarle), pero que resulta importante: sus salidas de casa a media tarde vertebran la familia aunque no lo parezca. En esos cinco minutos de aislamiento, echa abajo el estrés de la jornada y se revitaliza para afrontar lo que queda de día y el arranque del siguiente.
Encontrarnos a nosotros mismos a veces supone toda una odisea. Saber qué puede sosegar nuestra propia mente. Esta persona ha hallado un balneario propio, particular. Un lugar donde apartarse de todo para luego sentirse más cerca de quienes le importan. Curioso contrasentido.
Da la impresión de que el mundo gira cada vez más deprisa. Ahora que vivimos más años, nuestros deseos de llenar el tiempo se agrandan. Nos prohibimos aburrirnos, descansar la mente. Divagar. No hacer nada de nada. Desconectar de aquello que sucede fuera de nosotros mismos.
También es verdad que la presión exterior ha crecido, quizá al mismo ritmo que ese impulso por obtener atención personal. Las redes sociales, la exposición a las opiniones de los demás, la creciente necesidad de mostrar las nuestras. Todo nos lleva a esa senda de la ansiedad, del sentirse en una vorágine. De encontrarse en el ojo del huracán. El egoísmo, la importancia del yo, domina este mundo nuestro. Por eso hallar un método para descentrarnos de todo el ruido mediático, que ahora muchas veces lo creamos nosotros, la gente de la calle, se vuelve una pura obligación. Sentirnos ajenos a lo que se cuece, carecer de opinión, mostrarse aséptico con la última polémica, casi lo veo como un acto de rebeldía, de heroísmo admirable que nos salva de la construcción que hemos creado entre todos.
Es curioso que uno acabe reclamando meterse dentro de su propio caparazón cuando se queja a la vez de lo ególatras que nos hemos vuelto. Pura contradicción que me satisface. Porque esta vida que llevamos nos obliga a acariciar las ideas fijas, la determinación, el posicionamiento claro y, si puede ser extremo, mejor.
A todos nos vendría bien un poco de sosiego. Dejar de prestar atención al mundo y atravesar con la mirada aquello que tenemos cerca. Sin valorarlo, sin atacarlo o defenderlo. Solo mirar. Y si puede ser, aburrirse un poco más.
Editor de La Pajarita Roja
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