Opinión | Pensamientos desde el rincón
Defender las librerías es defender la ciudad

Librerías como Tipos Infames son mucho más que un simple negocio, son lugares donde se crea comunidad. / MEDITERRÁNEO
El cierre de Tipos Infames me obliga a escribir sin la comodidad de la nostalgia. No porque no la merezca, sino porque la memoria engaña y los recuerdos son una arquitectura frágil que se derrumba y se reconstruye sin cesar. Por eso conviene desconfiar del azúcar del pasado y atender a lo que permanece cuando el local baja la persiana.
En Tipos Infames aprendí qué es un buen librero: alguien que escucha antes de recomendar, que acompaña sin imponerse, que convierte una compra en conversación. Allí hice amistades que siguen caminando conmigo y me llevé libros que hoy son compañeros fieles, no fetiches. No hablo de un santuario, sino de un lugar vivo. Recuerdo una noche concreta: esperar al cierre, salir a Malasaña, alargar la charla, acabar cantando alrededor del piano del Toni 2. Esa escena no es un souvenir; es la prueba de una comunidad que se expande más allá del mostrador.
Por eso duele el cierre, pero no como duelo meloso, sino como síntoma. Tipos Infames fue más que un negocio: acogió a foráneos, dio hogar a lectores, fabricó pertenencia. Las librerías así cosen barrio y ciudad. Cuando desaparecen, no se pierde solo un punto de venta; se rompe una red.
Estos días proliferan los reproches fáciles: que si de cada cien personas que lloran, noventa y nueve hubieran comprado más libros, nada habría pasado. No tienen ni idea. El problema tiene nombre y apellido: gentrificación y un modelo urbano que expulsa lo que no maximiza rentas. Las decisiones políticas importan, y mucho. Subidas de alquiler, turismo desbocado, monocultivo comercial. Hoy le toca a una librería; mañana, a cualquier otro refugio.
La literatura no salva ciudades, pero las hace habitables. Las librerías tampoco son trincheras heroicas, aunque puedan serlo. Son espacios donde reconstruimos la memoria sin edulcorarla, piedra a piedra. Defenderlas es defender una forma de estar juntos. Resistir, sí, leyendo, comprando, organizándonos y exigiendo ciudades que no nos echen de casa.
Que el cierre nos despierte, no para llorar en redes, sino para actuar: apoyar, acudir, reclamar políticas culturales valientes, alquileres justos y barrios mixtos. Porque cuando una librería cae, la ciudad pierde voz; y el silencio, ya lo sabemos, también gentrifica sin remedio posible si miramos atrás.
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