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Opinión | PECES DE CIUDAD

La bondad

«Troylo, compañero irrepetible mío. Llegaste a ser yo mismo pero de otro modo. ¿Pueden morir del todo unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto?»... Así se despedía Antonio Gala, en su sección Charlas con Troylo, de su amado perro al que dedicó artículos en El País Semanal, allá por los años ochenta. He pensado en Troylo desde que leí en la prensa la noticia del rescate de Boro, el perro mestizo de Ana y Raquel, supervivientes del trágico accidente de Adamuz. En medio de tanto horror, dolor y tristeza, conmovidos por la muerte de tantas personas, por tantas heridas, el perro Boro ha significado la esperanza y la bondad de un relato maldito. Es imposible olvidar la imagen de Ana magullada, cubierta por una manta, con el rostro lleno de apósitos para sanar sus heridas y recordando que vio a su hermana Raquel pensando que estaba muerta. Raquel, embarazada de cinco meses, sobrevive en la UCI. Y Ana también suplicó que encontráramos a Boro, su perro, uno más de la familia, que tras el accidente, en estado de pánico, escapó. Esta imagen, estas palabras, sobrecogieron.

El rescate de Boro, con final feliz, ha sido otro ejemplo más de colaboración ciudadana e institucional. La imagen de Ana, de nuevo, ahogaba el llanto que resbalaba por su cara contusionada dando las gracias. Boro era uno más de la familia. Pero, frente a los buenos gestos, a la bondad, a l a belleza de un relato entre tanto ruido, falsedad y fealdad, han surgido hordas de reaccionarios, de odio, de ignorancia. El rescate de un perro se ha convertido en carnaza para quienes ensucian la comunicación. No ha sido un despilfarro ni una tontería como dicen, ha sido un gesto de amor sublime, algo revolucionario en los tiempos que corren.

Periodista

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