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Opinión | EL TURNO

El tren que descarrila la confianza

La última semana ha vuelto a poner en evidencia una realidad incómoda: el sistema ferroviario español atraviesa una crisis profunda que va más allá de incidencias puntuales. Retrasos generalizados, cancelaciones en cascada, líneas de cercanías colapsadas y una sensación de descontrol han afectado a miles de usuarios en distintos puntos del país, especialmente en Cataluña, donde Rodalies se ha convertido en el símbolo de un deterioro sostenido. Además del grave accidente ocurrido en la línea de alta velocidad en Córdoba.

No es solo una cuestión técnica. Lo ocurrido estos días refleja una acumulación de problemas estructurales: infraestructuras envejecidas, mantenimiento insuficiente, una coordinación deficiente entre operadores y administraciones y, sobre todo, una gestión política que parece ir siempre un paso por detrás de los acontecimientos. Cada nueva avería se afronta como una sorpresa, cuando en realidad muchas de ellas eran previsibles.

La respuesta institucional tampoco ha ayudado a calmar los ánimos. Mensajes contradictorios, falta de información en tiempo real y una tendencia a minimizar el impacto sobre los usuarios han contribuido a erosionar la confianza ciudadana. Para quien depende del tren para trabajar, estudiar o el propio turismo, el caos ferroviario no es un debate técnico: es un problema cotidiano que afecta a su calidad de vida.

Resulta paradójico que un país que presume de alta velocidad no sea capaz de garantizar un servicio fiable en sus líneas más básicas. Durante años se ha priorizado la inauguración de nuevas infraestructuras frente al mantenimiento de las existentes, especialmente en cercanías, donde viajan millones de personas cada día. El resultado es un sistema desequilibrado, vulnerable y poco resiliente.

Las soluciones pasan por decisiones menos vistosas, pero más eficaces. Es imprescindible un plan de inversión sostenido centrado en el mantenimiento, con calendarios públicos y evaluables. También es necesaria una mejor coordinación entre Renfe, Adif y las administraciones autonómicas, con responsabilidades claras y rendición de cuentas. Y, por último, una política de comunicación honesta y ágil que trate al usuario como un ciudadano con derechos, no como un daño colateral.

El ferrocarril no puede seguir siendo noticia solo cuando falla. Recuperar su fiabilidad es una cuestión de gestión, de prioridades y, sobre todo, de voluntad política. Marca España.

Alcalde de Nules y presidente de Unión Municipalista

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