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Opinión | COSAS MÍAS

Obras en Lledó

Las obras religiosas más importantes del setecientos en Castellón fueron las efectuadas en el ermitorio de la Mare de Déu del Lledó, iniciadas en 1714, cuando el Ayuntamiento cede los terrenos para construir la casa prioral, donde residir las capellanías del Santuario, que se completó en 1722 bajo la visurización de Pedro Juan Laviesca. La devoción a la que el pueblo tenía a la Virgen, como patrona, aun sin validación oficial, se manifiesta en la importancia de los actos que se le dedicaban el día de su fiesta, celebrada desde 1703 en el primer domingo de septiembre y en el afán municipal de mejorar la arquitectura del ermitorio.

En 1723, la junta de munícipes de la casa y ermita del Lledó acuerda sacar a subasta las obras de remodelación y ampliación del Santuario, que se adjudicó al mismo Laviesca. El arquitecto edificó la nueva nave con capillas laterales entre contrafuertes practicables al paso y elevó una espadaña sobre la fachada, con un solo vano para una campana, pero cuando en 1733 iba a comenzar el crucero y la cúpula, abandonó la obra marchando a Sevilla, donde había sido nombrado maestro mayor de obras. Le sucedieron los hermanos Juan y Tomás García, quienes no se atrevieron a resolver la linterna sobre la cúpula según el proyecto de Laviesca y debieron calcular mal la carga sobre los arcos torales, por lo que se hundió el cascarón en 1741. Condenados a pagar los costos del siniestro que les supusieron 1200 libras, el municipio encargó la reconstrucción del crucero y la cúpula a Juan de Rojas.

Cronista oficial de Castelló

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