Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Solo solamente
El adverbio solo no lleva tilde. En ningún caso. Así lo determinó la Real Academia Española (más conocida como RAE), en 2010, hace ya más de 15 años. Muchos siguen poniéndola. Hay editoriales de libros que fijan sus propias normas, como por ejemplo Anagrama, con lo que no siempre coinciden con la opinión de la institución que, al menos supuestamente, vela por el uso del castellano, o español, como quieran llamarlo.
La particularidad del asunto, y otro tanto sucede con los pronombres demostrativos, que antes de esa reforma sí se tildaban (éste, ése, aquél…), es que al adverbio solo, que se puede sustituir por solamente, jamás se le ha puesto tilde en todos los casos. Solo (y no lo pongo a propósito ahora) cuando podía producir ambigüedad con el adjetivo homónimo solo, el referido a la ausencia de compañía. Los maestros, y no se lo reprocho, en el colegio enseñaron durante generaciones que solo llevaba tilde cuando era adverbio, y lo mismo con los dichosos pronombres. Decían eso y los alumnos lo entendíamos a la primera: sustituir por solamente resulta sencillo. Explicar el asunto de la ambigüedad puede provocar problemas.
Así se llegó a instituir como norma lo que jamás lo fue.
Luego, en 2023, para liar la cuestión un poco más, la propia RAE dio un paso atrás y volvió opcional la tilde, es decir, dejó de penalizarla como falta de ortografía, pero únicamente cuando podía haber equívoco, no siempre. De todos modos, sigue habiendo gente, con Arturo Pérez-Reverte a la cabeza, que insta a que lo pongamos en todos los casos y así simplificar la regla. Un poco lo que proponían los maestros de hace años. No lo veo como mala opción, la verdad, pero conste que contraviene la norma actual.
Todo esto me recuerda a la famosa frase del Quijote: «Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho», que en realidad no aparece en ningún lugar del libro, ni era, en origen, una crítica a la Iglesia católica como colectivo, sino un avatar mundano en el camino de los protagonistas.
Otro apócrifo muy famoso es el «Tócala de nuevo, Sam», que supuestamente le suelta Bogart al pianista de su bar en Casablanca, y que en ningún momento se pronuncia. Esta frase no es una peculiaridad nuestra, de la traducción, sino anglosajona, de origen. El gran Woody Allen la popularizó dándole título a una de sus películas: Play it Again, Sam, que, como es lógico (entiéndase la ironía) en castellano se tradujo por Sueños de un seductor. Lo que me recuerda que debería escribir sobre los cambios de nombre de las películas. ¿O ya lo he hecho?
En fin, lleguemos al apartado de conclusiones: se puede tildar el adverbio solo si por el contexto se puede confundir con el adjetivo. Cervantes no se metió con la Iglesia católica de su tiempo y Woody Allen es un genio.
Parecía que el tema no iba a dar para una columna y resulta que sí, a duras penas. A veces damos por sabidas cosas, reglas, que no lo son, para simplificar o para retorcer significados. Algunas de ellas se convierten en reglas. Otras en meras curiosidades.
Editor de La Pajarita Roja
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