Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La plaza y el palacio

Socialdemocracia

No son tiempos fáciles para ningún Gobierno. Es la idea misma de gobernabilidad la que se tambalea. Las razones son complejas. Por ejemplo: la fragmentación social, la crisis de expectativas o el afán de castigar al oponente, rompen el Parlamento y, a la vez, favorecen la polarización. Por ejemplo: el clima cultural que nos envuelve incita a muchos políticos al narcisismo, a hacer el payaso, a herir sentimientos de la ciudadanía con tal de llamar la atención y ganar unos centímetros en las redes; mientras, buena parte de la población ha renunciado a informarse de manera razonable, segura, con la esperanza de que no le mientan. Por ejemplo: despeñados por la senda del sentimentalismo, los partidos renuncian a la argumentación y los ciudadanos reclaman más carcajadas o más lágrimas; esos mismos políticos se proclamarán reyes de la valentía que, como en comics sin sustancia, se erige en valor supremo, por encima de la prudencia o la responsabilidad: seguramente serán aplaudidos por ello, porque a tal señor, tales vasallos; pocos tendrán el valor auténtico de desafiar el mandato de las redes, las palmas de los palmeros. Basten estos ejemplos que se inscriben en la constante petición de que los políticos sean ejemplares, como héroes a las puertas de Troya o santos camino del martirio. Son alianzas invisibles, inconscientes casi siempre, entre los denostados políticos y el buen pueblo: hay partes considerables del electorado que insulta a los políticos porque hacen lo que ellos desean. Mucho de eso está sucediendo en España.

De las muchas críticas que se le hacen a Pedro Sánchez, la que me parece más hermosa es aquella que le acusa de actuar en numerosos casos por su afán de seguir gobernando. Sin duda tienen razón los que tal cosa dicen. Aunque es imposible demostrarlo. Pero, ¿podrían citarme algún Presidente que no se comportara así? Avive el seso y despierte y compare con los anteriores. ¿No resulta una bonita nómina en la que hubo aciertos, entrega, pero también prepotencia, engaño y corrupciones? Quizá lo que se quiere decir es que ha hecho cosas que no deben hacerse. Pero demos la vuelta: gracias a su ambición ha hecho cosas que mejoran la vida de miles y miles de españoles. Mucho tiene Pedro Sánchez para ser criticado, pero no acabo de entender, insisto, esta crítica. La democracia, que sabe que es imperfecta, sabe que todo ha de pasar el filtro del voto. Y quien diga que en el futuro, si gobierna, no se comportará así, miente.

Pero todo esto, seguramente, da igual. El mayor error de Sánchez ha sido un diseño de partido en el que reina autoritariamente, que dio cobijo a impresentables y en el que ha planeado una estrategia de candidaturas autonómicas catastrófica, que se complementa con la presentación de un PSOE especialmente mediocre, ayuno de ideas, asustadizo, reiterativo. Quizá por eso algunos echen de menos el pasado. El pasado de la socialdemocracia, dicen. Una previa: me asusta sobremanera que las izquierdas converjan con la derecha y con la extrema derecha en usar de combustible la nostalgia, como si el tiempo no hubiera pasado, como si, como he dicho antes, la sociedad fuera la que fue, aquella aparentemente tan sólida, compacta, amante a muerte del bipartidismo, en el que la transparencia no estaba invitada a la fiesta de la democracia.

Yendo a lo que me ocupa: ¿será el nuevo modelo como aquel en el que Guerra, con la anuencia de González, proclamaba que el que se mueve no sale en la foto? Advierto que en tiempo de móviles y fotografía digital esa sería vana pretensión. Serían otras épocas de desconcierto, de amparo de impresentables, de mediocridades que ahora sólo tienen el beneficio del olvido de muchos. La historia del PSOE es especialmente digna, brillante a veces, identificable con valores de modernización y solidaridad, repleta de gente honesta y preparada. Pero lo peor de esa historia es la perenne costumbre de guardar puñales en las espaldas de los compañeros, sobre todo de los que sobresalían. Ojalá todos -los sanchistas y “los otros”- fueran capaces de reflexionar sobre una cuestión clave: cómo han de ser los partidos de masas en épocas en que las masas andan difuminadas. Más promesas de simulacros -como primarias generalizadas entendidas como remedio mágico- no servirán.

Y ahora lo otro: volver a la socialdemocracia. Repito: si el argumento comienza por un regreso en vez de un avance vamos mal. Pero aparte de eso, la cuestión clave es saber si hay alguien que defina qué significa hoy “socialdemocracia” y, además, cómo se transmite lo que sea, o deba ser, al electorado. La socialdemocracia -con gran protagonismo del PSOE- fue la extensión de la educación pública, la sanidad y las políticas de bienestar social. Porque en su conjunto consiguieron pasar de la solidaridad abstracta a altas cotas de igualdad concreta. Pero… Pero buena parte de esas políticas pasaron, en buena hora, a las Comunidades Autónomas -y algunos ayuntamientos- gobernadas por todos los colores y casi todas avanzaron en esa senda, con mayor o menor coherencia; algunas con desprecio y profunda rabia. Pero la socialdemocracia así entendida, se diluyó. Y ni hay programa de coordinación -eso significaría dibujar una reforma constitucional federal- ni los socialistas destacan por comunicar ideas sostenibles en esta materia.

Sabemos que es el principio de igualdad lo que debe regir la socialdemocracia. Es coherente con el Estado social constitucional, que no sólo prohíbe la discriminación (art. 14) sino que mandata a los poderes públicos que sean activos para promover la libertad y la igualdad (art. 9.2). La igualdad puede requerir modernización de estructuras… pero no es modernización. La igualdad puede ser prioritaria para los más frágiles… pero no se agota ahí. Todo eso es propio de un “Estado pastoral”, en el que unas élites guían al soberano, procurándole mejoras en las condiciones de vida. Pero sin alterar ni los esquemas de clase ni las formas de repartir el poder en las instituciones.

Los socialdemócratas son los que, dentro de ese esquema, son más decididos y coherentes, porque hay liberales que creen que ese pastoreo es más eficaz privatizando servicios -por cierto: ¿cuántos gobiernos socialistas no han externalizado servicios en otras épocas?-. La socialdemocracia debe atender a nuevas causas de discriminación -la vivienda, como gran ejemplo- y entender que la misma desigualdad es un mal, por lo que la política tributaria debe ser más activa, más dinámica, para atender no sólo a casos extremos sino al ciudadano “común”. En nuestro caso cabría avanzar que la socialdemocracia debe comprometerse a impulsar eso mismo en la UE, incluso en escenarios de ineludible gasto militar. ¿Estas son las promesas de la antigua/nueva socialdemocracia? Que nos lo digan porque a mi me suena a añoranza de pacificación social -que estaría bien si fuera posible- para, desde la oposición, arrancar algunas mejoras -¡¿a Vox?!-.

¿Y las “otras” izquierdas? No lo reconocen, pero son socialdemócratas. Muy pastoriles a veces. Naifs cada cierto tiempo. Demasiado preocupadas por no traicionarse a sí mismas antes que a la sociedad. Pero necesarias. No hay proyecto socialdemócrata hoy, en muchos lugares de Europa, sin contar con esas fuerzas minoritarias que, por ejemplo, introdujeron en la agenda el ecologismo. Aquellos gloriosos tiempos en que el socialdemócrata PSOE hablaba con desprecio absoluto de ellas se ha terminado: no hay “casa común” que valga, pero más vale que haya proyectos comunes, porque la convergencia de todas las izquierdas, con geometrías variables en los pactos, es insoslayable con esta fragmentación y este ecosistema informativo.

Me parece que Pedro Sánchez ha entendido mejor esto que otros. Pese a todo, yo también tengo la impresión de que se le acaba el ciclo. Me parece que la tragedia de los trenes es especialmente triste y preocupante. Pero, obsérvese, no es cuestión que afecte a los fundamentos de la socialdemocracia sino a políticas de modernización. Aunque nos recuerda algo esencial: la nueva socialdemocracia no ha debatido sobre cómo integrar en su esencia a la sociedad del riesgo. En fin, quizá resista, Sánchez; quizá le quede poco. Sea cuando sea no será una tragedia definitiva, pero algunos ávidos de cambio deberían pertrecharse de un cuaderno para anotar la fecha en que empezaron a echarle de menos. Pese a él mismo.

* Manuel Alcaraz es Profesor de Derecho Constitucional de la UA

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents