Opinión | EDITORIAL
Tutela o democracia
Desde que el pasado mes de septiembre Estados Unidos empezara un despliegue militar en el Caribe supuestamente destinado a interrumpir el narcotráfico con la caza tan ilegal como absurda de lanchas supuestamente cargadas con drogas, se hizo evidente, incluso antes de que Donald Trump empezara a verbalizarlo, que empezaba a estrecharse un cerco con el objetivo final de acabar con el régimen chavista de Nicolás Maduro en Venezuela. A la vista del insólito despliegue naval y aéreo puesto en pie por Estados Unidos, se podía prever que Trump intentara derribar a Nicolás Maduro a través de una invasión por tierra, mar y aire. O que la intimidación serviría para forzar una salida pactada con el presidente irregularmente reelegido que entregara el gobierno a la oposición democrática o a un ejecutivo de transición. Quizá un golpe interno a cara descubierta, o que todo quedara en nada, como en tantas de las bravatas del actual ocupante de la Casa Blanca. Sin embargo, el asombro ante el desenlace, provisional por ahora, no ha acabado por venir solo por las características de la operación militar que permitió capturar de forma fulgurante a Maduro sino por su propósito: tutelar el futuro del país sin poner en cuestión ni ponerle fecha de caducidad a la nomenclatura chavista. Es más, incluyendo la humillación pública de la oposición que confiaba en recibir de Trump las llaves del palacio de Miraflores.
Una vez el expresidente y su esposa encerrados en un centro de detención de Brooklyn, Trump se dispuso a negociar, o más bien dictar, una salida política con la número dos del régimen, Delcy Rodríguez, la bestia negra de María Corina Machado. O aceptábamos, o nos mataban, reconoció Rodríguez después de hablar con el secretario de Estado, Marco Rubio. La ahora presidenta en funciones se olvidó en 24 horas del lema de «Patria, Socialismo o Muerte» con el que Hugo Chávez llegó a un poder que Maduro y los hermanos Rodríguez heredaron. No hay soldados norteamericanos en Venezuela, que se sepa, pero Donald Trump ha dejado claro que la patria está gestionada desde la Casa Blanca. Hay menos socialismo que nunca, por qué el petróleo nacionalizado por Carlos Andrés Pérez se va a Estados Unidos, que lo paga al precio que le parece oportuno. Y murieron muchos cubanos que custodiaban a Maduro, más algunos soldados venezolanos, pero nadie se ha echado a la calle para decir que esta tutela era una vergüenza nacional.
Marco Rubio ha hablado de una transición ordenada, que no ponga en cuestión el petróleo y no obligue a Trump a vulnerar su propuesta electoral de no meterse en guerras. Incluso la ha comparado con la transición española, como si Delcy Rodríguez fuera una suerte de Adolfo Suárez caribeño y la transición española hubiese sido un simple cambio de caras dictado desde el exterior y sin movilización alguna en las calles. Vulnerar la soberanía de un país y capturar a su presidente no son unos primeros pasos que puedan conducir a la instauración de un régimen de libertades. Eso obliga a mantener un prudente escepticismo incluso ante señales positivas como la liberación de presos o, aún más, el anuncio de una amnistía para los presos por razones políticas desde 1999, año cero de la era bolivariana. Pero no es suficiente. Venezuela no recuperará su libertad (y ya se verá cuál es el interés de la Administración de Trump en que sea así) sin unas elecciones que permitan escuchar a sus ciudadanos y recuperar plenamente su soberanía.
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