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Opinión | Y SIN EMBARGO

Antes de la próxima ola

Durante años llamamos episodio excepcional a lo que no sabíamos explicar. Un temporal fuera de fecha, una noche de calor impropio, un mar que entraba donde nunca había entrado. Excepcional. Como si fuera un accidente. El problema es que lo excepcional ha dejado de serlo.

El Mediterráneo, ese mar al que siempre atribuimos calma y previsibilidad, ha cambiado de carácter. Sigue siendo el mismo en los mapas, pero no en el comportamiento. Se calienta más de la cuenta, descarga con violencia concentrada y se retira dejando la sensación de que la normalidad ha quedado, otra vez, aplazada.

En Castellón no hace falta leer informes para entenderlo. Basta con mirar las playas que se regeneran para desaparecer al primer temporal serio, como ocurrió tras el paso de Harry. Vivir junto al mar empieza a ser convivir con incertidumbre.

Seguimos titulando con palabras grandilocuentes (histórico, récord, inédito) sin detenernos a pensar que cuando todo es histórico, nada lo es. Usamos el vocabulario del pasado para describir un presente que ya no encaja en esas categorías.

Y en medio de todo esto, seguimos discutiendo como si el mar votara. Como si el cambio climático tuviera carnet de partido. No lo tiene. El Mediterráneo no distingue entre colores políticos cuando entra, cuando golpea o cuando se calienta. Por eso, abordar lo que viene exige algo imprescindible: consenso. Mirada larga. Acuerdos que sobrevivan a gobiernos del signo que sean. Y escuchar a los que saben.

No va de alarmismo. Pero hay que aceptar que la costa no es infinita, que el mar no es decorado y que reaccionar siempre sale más caro que anticipar. Hay problemas que solo se pueden afrontar si vamos todos a una, antes de la próxima ola.

Redactor jefe de Mediterráneo

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