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Opinión | A CONTRALUZ

Ángel Báez

Ángel Báez

Director del diario Mediterráneo

Liderazgos

En política, casi nunca es el qué lo que termina marcándolo todo, sino el quién. Las ideas, incluso las siglas, suelen resistir bien el paso del tiempo, pero para ello son importantes los perfiles que las encarnan en cada momento. Cuando una organización empieza a tropezar no por falta de discurso, sino por desajustes humanos, el problema no es menor.

Lo ocurrido en Burriana, por mucho interés que muestran algunas sensibilidades del universo valencianista en reinterpretarlo, no es solo una anécdota local ni un episodio aislado de desgaste interno. Parece más bien un síntoma de que algo no funciona como debería, aunque es verdad que dos concejales que abandonan una coalición no hacen caer un proyecto. Sobre todo cuando esa salida no llega de forma repentina, sino tras un largo desencuentro soterrado, conocido, tolerado quizá, hasta que estalla. La política, cuando se limita a administrar silencios incómodos, acaba pagándolo caro.

Que una fuerza como Compromís pierda toda representación en la tercera ciudad más poblada de la provincia no se explica únicamente por afinidades rotas en una agrupación local. Tiene más que ver con una pregunta que lleva tiempo flotando en el ambiente: quién lidera, quién decide, quién representa hoy el proyecto y hacia dónde se quiere ir mañana... y pasado mañana. Esa discusión, incómoda pero inevitable, se ha ido aplazando bajo calendarios orgánicos, congresos y procesos internos que, aunque necesarios, no siempre responden a la urgencia del momento político.

Las organizaciones tienden a refugiarse en la ingeniería interna cuando no quieren afrontar debates de fondo. Cuotas, equilibrios territoriales, reglamentos de primarias… Todo eso importa, pero no sustituye a lo esencial: la capacidad de generar liderazgos reconocibles.

Compromís se mueve ahora entre la continuidad: confiar en perfiles que ya han pasado por las urnas y que ofrecen una sensación de seguridad; y por otro lado, el relevo: abrir puertas y asumir riesgos. Ninguna de las dos opciones parece, por sí sola, la solución. El problema real aparece cuando esa decisión se retrasa tanto que acaba tomándose por desgaste y no por convicción.

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