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Opinión | Pensamientos desde el rincón

Eric Gras

Eric Gras

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'

La excentricidad como método

Circe Maia escribe en Un viaje a Salto (las afueras) que negar el sufrimiento, compararlo con otro peor o habituarse a él son mecanismos de defensa que operan de forma constante hasta que todo acaba pareciendo natural. La frase no habla solo del dolor íntimo o de la experiencia personal, sino de algo más amplio: la capacidad colectiva para normalizar lo intolerable cuando se prolonga en el tiempo y se disfraza de rutina.

Donald Trump y quienes lo celebran como una suerte de salvador encajan con inquietante precisión en ese diagnóstico. No porque inventara el sufrimiento político, social o simbólico, sino porque lo administra como espectáculo, lo vuelve excéntrico, ruidoso y, con el paso de los años, familiar. Cada desvarío, cada insulto, cada mentira repetida funciona como una pequeña dosis que entrenaba al cuerpo social para resistir un poco más.

El truco no consiste en imponer el dolor de golpe, sino en lograr que comparezca siempre alguien peor, algo más grave, un escándalo siguiente que minimice el anterior. Así, negar, comparar y habituarse dejan de ser mecanismos individuales y se convierten en una pedagogía del poder. Se nos invita a pensar que esto es lo que hay, que ya pasará, que no es para tanto, que otros están peor.

El problema es que cuando el sufrimiento se vuelve paisaje, deja de percibirse como anomalía. Las excentricidades de Trump, su violencia verbal, su desprecio por la verdad o por los cuerpos ajenos se transforman en un estilo, casi en un género. Algo que se consume, se comenta y se comparte, pero rara vez se cuestiona en su raíz.

Ahí reside el mayor peligro: aceptar como natural lo que es una construcción deliberada. No hay nada espontáneo en el daño sistemático, ni nada inevitable en la crueldad convertida en entretenimiento. Pensar lo contrario es concederle al poder una victoria silenciosa.

Recordar a Circe Maia es, en este contexto, un gesto de resistencia mínima pero necesaria. Nombrar el sufrimiento, rechazar la comparación tramposa y negarse a la habituación es una forma de desobediencia. Porque lo que duele no es normal. Y porque acostumbrarse nunca es neutral. Defender la incomodidad ética hoy implica mirar de frente, llamar a las cosas por su nombre y no confundir ruido, provocación y liderazgo con destino colectivo, político y humano.

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