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Opinión | LA RUEDA

La madre naturaleza

Hay un diálogo harto conocido entre Rocinante (el caballo del Quijote) y Babieca (el del Cid), en que el primero le pregunta al segundo: «Muy metafísico estáis»; al que el aludido responde: «Es que no como».

Y aquí entramos en acción: es casi todo en la vida, la naturaleza lo da… y lo quita.

Estos días hemos asistido a una de sus fuerzas: la fuerza del agua desbordada sembrando el horror a su paso; lo hemos vivido casi en su momento: casas destruidas, desalojos, calles convertidas en ríos, dolor en general. Y entonces uno se da cuenta del poder de la naturaleza y de lo poco que somos para controlarlo. «No somos nada», decía una compañera de la universidad, y añadía, «y los pequeñitos, menos». En cierta manera, ante acontecimientos similares, nos sentimos huérfanos, sin madre.

Queremos controlar la tecnología, la energía atómica, pero la naturaleza se nos escurre y un simple e inesperado, a veces, capricho, nos deja atónitos. Hay una diferencia de fuerzas brutal y se produce la catástrofe como está ocurriendo ahora en ciertas zonas de España y del mundo.

Pienso que debe ser muy difícil la previsión de los fenómenos atmosféricos, pero están ahí y causan desolación. Quizá es una tarea ingente, sin duda, pero tal vez la previsión ahorraría muchas desgracias. Decía Einstein que lo más incomprensible de este mundo es que sea comprensible.

Isabel la Católica, cuando las respuestas no se daban, le decía a su secretario intelectual: «¡Averígüelo, Vargas»! El caso es que el tal Vargas hace siglos que está en el huerto. Pero habrá otros que podrán suplirle para pactar con la madre naturaleza de manera previsora. Una tarea ingente, como hemos dicho, pero indemorable. ¿Cómo? Averígüelo.

Profesor

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