Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | EDITORIAL

Cogeneración y coherencia

La cogeneración vuelve a situarse en el centro del debate industrial en Castellón en un momento en el que la estabilidad y la certidumbre se han convertido en bienes escasos para el tejido productivo. Dicho de manera sencilla, la cogeneración es una forma inteligente de producir energía dentro de la propia fábrica, porque permite obtener dos resultados útiles a partir de un mismo proceso: generar electricidad y calor al mismo tiempo, reaprovechando y reutilizando al máximo la energía que se consume. Este sistema es esencial en los procesos productivos que requieren muy altas temperaturas, como ocurre en la industria cerámica.

Durante años, el azulejo ha encontrado en la cogeneración una herramienta decisiva para mejorar su eficiencia energética y reducir costes en un proceso productivo intensivo en consumo de gas y electricidad. El aprovechamiento del calor residual de los hornos para generar electricidad y verterla a la red no solo optimiza recursos, sino que aporta ingresos adicionales que ayudan a sostener la actividad en un mercado global enormemente competitivo. Además, este modelo impulsa una industria auxiliar especializada en equipos, mantenimiento y servicios tecnológicos, ampliando el impacto económico más allá de las propias fábricas.

El conflicto surge cuando los cambios normativos alteran las reglas del juego y afectan a la rentabilidad de las instalaciones. Una propuesta inicial del Ministerio para la Transición Ecológica, que contemplaba un tijeretazo en las retribuciones (cifrado en torno a 30 millones de euros para la cerámica) generó una profunda preocupación por sus posibles consecuencias en la viabilidad de muchas plantas. La posterior rectificación parcial, materializada en el BOE, evitó el escenario más severo, pero no ha disipado por completo las inquietudes en nuestra industria.

El impacto negativo persiste y desde el sector se estima que las pérdidas se calculan entre los 8 y 10 millones de euros. La diferencia entre lo que se reconoce y lo que realmente cuesta operar erosiona márgenes en un contexto ya tensionado por los precios energéticos y por la competencia internacional. No se trata únicamente de una cuestión contable, sino de la capacidad del sector para planificar inversiones, mantener empleo y avanzar en procesos de modernización tecnológica.

Sin embargo, más allá de las cifras concretas, el problema de fondo radica en la incertidumbre regulatoria a la que parece que ya estamos plenamente instalados. Por ejemplo, el aplazamiento del reconocimiento de los costes asociados al CO2, pendiente de una futura modificación normativa sin calendario definido, alimenta la sensación de provisionalidad. Para una industria que necesita planificar a medio y largo plazo, esta falta de horizonte claro se convierte en un obstáculo añadido. La transición energética exige inversiones cuantiosas y decisiones estratégicas que difícilmente pueden adoptarse en un marco de inseguridad jurídica.

Resulta llamativo que, mientras Bruselas identifica la cogeneración como una tecnología clave para reforzar la competitividad industrial y avanzar en la descarbonización, el sector perciba señales ambiguas en el ámbito estatal. La coherencia entre los objetivos climáticos y la política industrial debería ser una prioridad, especialmente en territorios como Castellón, donde la actividad manufacturera constituye un incuestionable motor económico y social.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents