Opinión | VIVIR ES SER OTRO
Fracasados (II)
Comenté la semana pasada que Manuel Vilas llamaba «fracasados» a los autores que venden menos de trescientos libros, y que Juan Soto Ivars redondeaba la faltada: quienes venden tan poco ni siquiera merecen el calificativo de «escritores». Prometí rebatir estas simplistas calificaciones y a eso voy.
Ninguna duda cabe de que vivimos en un sistema capitalista. El dios dinero se presenta todopoderoso, hasta el punto de sustituir en gran medida a las religiones convencionales. El capitalismo nos gobierna sin miramientos; incluso algunos se empeñan en trasladar sus valores a campos en principio ajenos. Por ejemplo al arte. Hay quien se empeña en cuantificar el valor de una obra artística basándose en lo económico. El ya viejo «tanto tienes, tanto vales». El triunfo y el fracaso se miden en términos monetarios, en la rentabilidad que una obra de arte puede depararle a su autor. Es un baremo sustentado en la objetividad en tanto en cuanto puede ser medido con un número. Un número frío, despojado de contexto. Trescientas ventas, por ejemplo.
Si bien vivimos en un mundo regido por el capital, calificar a los artistas solo por ese aspecto me parece reduccionista, despojado de matices, aristas y recodos. ¿Cómo podemos medir la capacidad de conmover? ¿El amor? ¿La dicha y la desgracia, el desapego y la ternura? ¿Y un dolor de muelas? ¿Lo computamos según la factura del dentista? A gusto he pagado alguna vez la minuta desorbitada por la extracción de una muela que dolía como un demonio agitando la cola.
Quiero decir que vaciamos de sentido grandes aspectos de la vida si solo nos ceñimos al dinero. Y en arte, concretamente en arte, me parece un discurso muy vacío centrarlo solo en billetes y monedas (de céntimos en el caso de los «no escritores fracasados»). ¿Cuánto vale el odio? ¿Cómo mesuramos el gozo de leer un poema de Antonio Machado? ¿O el asco por las opiniones de ciertos tertulianos?
Hay un aspecto también muy relevante: casi siempre, por no decir en todos los casos, el éxito o el fracaso dependen de las expectativas o de las dificultades que tiene alguien para lograr esos objetivos. Ramón Jesús Pérez Julián publica en mi editorial; es tetrapléjico y escribe con un puntero apoyado en la frente. Es también un gran tipo, además de un escritor de éxito, aunque por los baremos de los dos citados personajes sea un fracasado y ni siquiera un escritor. No tendrían arrestos a decírselo a la cara, de eso estoy seguro.
Las expectativas funcionan de otra manera. Hay quien escribe para hacerse millonario y tiene el fracaso asegurado (incluidos los dos señores estos), y hay quien lo hace porque simplemente le gusta, o porque cree que se le da bien, o porque quiere ver su libro en una estantería con su nombre bien bonito en la portada. Algunos ni publican aquello que escriben y son felices así, además de sentirse escritores, aunque solo sea en su fuero interno.
Y se me acabó otra vez el espacio sin decir por qué creo que Vilas y Soto podríamos considerarlos unos fracasados. Lo dejo para la próxima semana, para la tercera y última parte de estas fracasadas columnas.
Editor de La Pajarita Roja
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