Opinión | Pensamientos desde el rincón

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'
Leer como forma de encuentro

En Madrid y Barcelona se celebran iniciativas como el 'Book Dating' de la mano de Planeta. / MEDITERRÁNEO
El amor, como la lectura, rara vez nace del azar puro. Siempre hay una preparación silenciosa, una disposición previa, una afinidad que se intuye antes de formularse. Por eso no resulta tan extraño que el libro haya reaparecido como mediador sentimental. No como fetiche, sino como lenguaje común. Como territorio compartido desde el que reconocerse.
Que hoy se hable de Book Dating (iniciativa que ha llegado a Madrid y Barcelona de la mano de Planeta) no debería entenderse como una extravagancia pasajera, sino como un síntoma, o eso quisiera pensar. En un ecosistema dominado por la velocidad, la sobreexposición y la lógica del descarte, la lectura introduce otra temporalidad. Leer es demorarse. Elegir un libro es asumir una forma de mirar el mundo. Y compartirlo implica exponerse de un modo menos defensivo que una biografía cuidadosamente editada.
El libro une porque selecciona. No todo el mundo lee lo mismo ni por las mismas razones. Las afinidades lectoras no son anecdóticas: delatan una sensibilidad, una ética, una manera de enfrentarse a la complejidad. Reconocerse en los mismos autores, en idénticos pasajes subrayados, en ciertas obsesiones narrativas, es constatar que dos imaginarios han aprendido a respirar a un ritmo parecido.
Existe algo profundamente íntimo en hablar de lo que se lee. No es solo contar una trama, sino explicar por qué esa historia nos ha atravesado, qué parte de nosotros ha quedado expuesta. De ahí que el libro funcione como nexo entre almas lectoras: porque permite decir sin decirse del todo. Porque crea un espacio de confianza anterior al deseo explícito.
En ese sentido, la lectura compartida prolonga la experiencia individual y la transforma en vínculo. Como escribió Fiódor Dostoievski: «Dejadnos solos, sin libros, y al punto nos perderemos… sin saber lo que se debe amar ni lo que se debe aborrecer». No hablaba únicamente de conocimiento, sino de orientación afectiva. Los libros enseñan a amar, pero también a reconocer aquello que merece ser amado.
Quizá por eso las librerías conservan un magnetismo especial. Son espacios donde el tiempo se espesa y la conversación se desacelera. Donde la afinidad no se mide en coincidencias estadísticas, sino en silencios compartidos, en recomendaciones dichas en voz baja, en la complicidad que surge cuando alguien señala un lomo y sonríe.
Al final, el libro no garantiza el encuentro, pero lo hace posible. No promete nada, y ahí radica su fuerza. A veces es solo un objeto entre las manos. Otras, sin previo aviso, se convierte en el puente invisible entre dos conciencias que aún no sabían que estaban leyéndose mutuamente.
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