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Opinión | A CONTRALUZ

Ángel Báez

Ángel Báez

Director del diario Mediterráneo

Los jabalís no son de peluche

Quienes proceden de ámbitos rurales saben muy bien que un jabalí no es un personaje entrañable de película ni un figurante simpático, un peluche, que se deja acariciar en mitad de un paraje. Es un animal salvaje, fuerte, imprevisible y, cuando se siente acorralado, perfectamente capaz de embestir sin pedir permiso ni disculpas. No hay banda sonora de Walt Disney de fondo cuando un macareno decide que su instinto de supervivencia va primero y tú después. Por eso, sorprende el tono casi ingenuo con el que durante años se ha hablado de la presencia creciente de jabalís en zonas pobladas de Castellón. Hace no tanto, ver una piara merodeando por las afueras era algo excepcional; hoy se ha convertido en una escena relativamente habitual, hasta el punto de que el verdadero susto no es verlos, sino no verlos cuando cruzan la carretera de madrugada. Los accidentes de tráfico provocados por estos animales ya no son una anécdota rural contada en las redes sociales para ganar me gustas, sino un importante problema de seguridad vial.

Desde la mirada de un devoto del campo, la cuestión no es demonizar al jabalí ni convertirlo en villano ya que el animal hace lo que sabe hacer: buscar alimento, reproducirse y sobrevivir. Y si para ello tiene que bajar a un polígono industrial o cruzar una autovía, lo hará. No porque sea malo, sino porque responde a su instinto.

Entre la caricatura amable y el alarmismo exagerado debe haber siempre un espacio de sensatez que pasa por asumir que el campo no es un decorado y que los animales salvajes, por definición, presentan unos riesgos evidentes si transformamos los espacios, creamos desequilibrios y alteramos los hábitats.

Director de Mediterráneo.

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