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Opinión | FIRMA INVITADA

Líderes amenazados

El liderazgo del sector agroalimentario valenciano en la actividad comercial exterior de la Comunitat es innegable. Las cifras de 2025 así lo evidencian: 10.197 millones de euros en exportaciones, récord de la serie histórica, y una aportación positiva a la balanza comercial superior a los 2.905 millones de euros.

La apuesta de los agricultores valencianos y de las cooperativas por los mercados exteriores es firme y decidida desde hace décadas. A partir de la combinación entre una amplia gama de producción, de la máxima calidad, con el mejor servicio a nuestros clientes, hemos convertido el espacio comunitario en nuestro mercado de proximidad y tenemos una presencia regular en decenas de países de todos los continentes. Nuestros cítricos, frutas, hortalizas, vinos o aceites son una magnífica carta de presentación de la Comunitat para el mundo entero, además de un elemento clave para vertebrar nuestro territorio y dinamizar la actividad económica del medio rural.

Sin embargo, ese liderazgo se tambalea, y no precisamente por algo achacable al propio sector agroalimentario. Cumplimos las normas más exigentes del mundo en materia fitosanitaria, medioambiental y laboral. Son obligaciones que asumimos porque responden a una demanda social legítima y porque creemos en un modelo de producción seguro y sostenible. El problema aparece cuando la política comercial de la Unión Europea permite la entrada de productos procedentes de terceros países que no están sometidos a esos mismos estándares. Esto genera un diferencial de competitividad que repercute directamente en el resultado de nuestra actividad comercial y, en consecuencia, en las rentas de los productores.

Reciprocidad

Orientados como estamos al mercado, no negamos la posibilidad de que terceros países accedan al mercado comunitario, faltaría más, de la misma forma que queremos llegar con nuestras producciones a múltiples destinos. En este sentido, los acuerdos comerciales pueden ser una herramienta de gran utilidad, pero solo si se construyen sobre la reciprocidad. Cuando abren el mercado europeo a importaciones con menores costes regulatorios mientras se incrementan las exigencias internas al productor comunitario se convierten en un freno y una amenaza.

Europa no puede pedirnos que seamos cada vez más sostenibles y firmar acuerdos que incentivan la llegada de producciones de países con normas menos estrictas. Esa contradicción no solo pone en riesgo la rentabilidad de las explotaciones, sino también la propia coherencia de las políticas europeas.

Presidente Cooperatives Agro-alimentàries de la CV

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