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Opinión | Y SIN EMBARGO

Miguel Agost

Miguel Agost

Periodista. Redactor jefe del periódico Mediterráneo.

Ana, María José y Noemí

Durante un día entero pensamos que el horror tenía nombre propio. Ana. Breve, claro, reconocible. Pensábamos que bastaba con pronunciarlo para entender la magnitud de lo ocurrido en Benicàssim. Una mujer asesinada. Una enfermera. Una vida truncada en el mismo lugar donde otros acuden a curarse. Poco más de 24 horas tardó la realidad en corregirnos. Y consternarnos aún más.

Ahora el silencio tiene dos nombres más: María José y Noemí, asesinadas en Xilxes. Una madre. Una niña de doce años. Doce. La edad en la que la vida todavía debería oler a lápices, a patio de colegio, a risas, a verano interminable, a amigas y amigos. La edad en la que la muerte debería ser solo una palabra que aparece en los cuentos, nunca en la puerta de casa.

Noemí tenía toda una vida por delante para seguir con su sonrisa constante y el cariño y afecto que siempre transmitía a quienes la rodeaban. Así la describían desde Aspas Castellón. Es la asociación de personas sordas de la que formaban parte las dos mujeres asesinadas. Ayer se concentraron en silencio y su personal cambió la alegría e ilusión con la que ayudan a cada persona que atienden, como lo hacían con Noemí en sus sesiones de logopedia, por una profunda rabia ante lo sucedido.

Ana. María José. Noemí.

Ha ocurrido en Benicàssim. Ha ocurrido en Xilxes. Cuando algo así sucede en lugares cercanos, con tan poca diferencia de tiempo, el mapa deja de ser geografía y se convierte en espejo. Porque la violencia de género tiene esa perversidad: nunca ocurre lejos del todo. Siempre vive a una distancia incómodamente corta de cualquiera. El machismo mata y no es ninguna ocurrencia.

La violencia machista tiene esa forma de insistir que desconcierta. No grita antes de llegar. No avisa con sirenas. Se cuela poco a poco, como una humedad que parece pequeña hasta que un día la pared se derrumba. Y cuando ocurre, todos hablamos de sorpresa, de incredulidad, de horror. Palabras grandes para una realidad que, sin embargo, se repite con una puntualidad casi obscena. Con precisión de reloj.

Ana. María José. Noemí.

Decimos que la sociedad está consternada. Que las instituciones condenan. Que la ciudadanía muestra su repulsa. Y es verdad. Todo eso ocurre. Pero también ocurre otra cosa: que la vida sigue. El mundo tiene la costumbre de continuar incluso cuando debería detenerse a pedir perdón.

El verdadero peligro no es solo que existan asesinos. El verdadero peligro es que como sociedad corramos el riesgo de acostumbrarnos a que existan. Que nos parezca normal lo que debería parecernos insoportable. Que aceptemos como rutina lo que tendría que ser un escándalo permanente. Que todavía haya quien lo niegue.

Por eso hay que decir sus nombres. No una vez. Muchas. Hasta que nos obliguen a recordar que antes de ser titulares fueron personas con vida. Con historia. Con sitio en el mundo. No eran cifras. No eran casos. No eran estadísticas. Eran Ana, María José y Noemí.

Redactor jefe de Mediterráneo

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