Opinión | LA VENTANA DEL CEU
Ciencia, comunicación y bien común
La ciencia que no comunica es ciencia muda. Si una investigación no se cuenta, no cuenta, por brillante que sea. Es imposible el avance del conocimiento colectivo y su transferencia a la sociedad cuando no se comparte y queda confinado en los muros académicos. La Declaración de Helsinki subraya que quienes investigan tienen el deber de hacer públicos los resultados de su investigación, y que son responsables de la integridad y exactitud de sus informes. Por tanto, quienes hacen ciencia deben ser conscientes de que es tanto una demanda ética comunicar a la sociedad sus hallazgos como hacerlo de manera clara y transparente, evitando la desinformación y el malentendido.
La comunicación científica es crucial para la democracia, pues permite que el público tenga acceso a información basada en evidencia y fomenta la participación en debates sobre temas científicos y tecnológicos que afectan sus vidas, promoviendo el pensamiento crítico y la toma de decisiones informadas. Por tanto, se trata de ir más allá de la comunidad científica y de realizar una divulgación efectiva para aumentar el impacto de la investigación, permitiendo que el conocimiento se convierta en una herramienta real para la vida cotidiana.
A pesar de su importancia, la comunicación científica enfrenta numerosos desafíos, como la sindemia de las fake news y los algoritmos ideológicos, combinados con la desinformación, el desuso de fuentes fiables y el desprestigio de la ciencia. Para afrontarlos, es preciso llevar a cabo una ciencia con conciencia: entender que lo técnico está al servicio de lo humano, y que la formación técnica, ético-filosófica y en comunicación y divulgación de los investigadores es fundamental para orientar su praxis al bien común y contribuir a la alfabetización científica y sociabilización del conocimiento.
Romano Guardini define la profesión como la intersección de la existencia individual con la colectiva. Aplicada a nuestro caso, esta definición sería el espacio donde la sociedad recibe la obra del investigador. Por ello, el investigador debe ser consciente de que, en su quehacer, gestiona este bien común: aquellas condiciones que favorecen el desarrollo integral de las personas.
En definitiva, los investigadores tenemos la responsabilidad de hacer accesibles y comunicar nuestros hallazgos y avances, ya que una ciencia sin divulgación se vuelve inútil o invisible («muda») para el mundo que pretende mejorar. Una investigación no se considera concluida si no son comunicados sus resultados, alcances y limitaciones de manera clara, honesta, comprensible y transparente.
La comunicación científica guiada por la ética es esencial para el avance del conocimiento, la aplicación de soluciones efectivas y la construcción de la confianza pública. La transparencia, la honestidad, la atribución adecuada y la gestión responsable de datos y de conflictos de interés son pilares fundamentales de esta práctica, para garantizar una ciencia al servicio de la sociedad.
Responsable de Investigación y Transferencia de la Universidad CEU Cardenal Herrera en Castellón y del GIRS
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