Opinión | Pensamientos desde el rincón

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'
Humanidades frente al ruido del poder

Las Humanidades son más necesarias que nunca. / MEDITERRÁNEO
Defender hoy las Humanidades no es un gesto nostálgico ni una pose académica: es una forma de resistencia, como creo que opina mi querido Domingo García-Marzá. Frente a una época obsesionada con la velocidad, el cálculo y la rentabilidad inmediata, el pensamiento humanístico sigue recordándonos algo incómodo pero esencial: que la realidad es más compleja que cualquier algoritmo y que la verdad no se alcanza por acumulación de datos, sino por interpretación, escucha y sentido crítico.
Las Humanidades no prometen certezas rápidas. Ofrecen, en cambio, una mirada más amplia del mundo, una capacidad para poner en cuestión los relatos dominantes y para detectar las trampas del lenguaje cuando este se convierte en herramienta de poder. Y ahí reside su valor político más profundo: sin pensamiento crítico, sin memoria histórica, sin ética ni sensibilidad estética, la sociedad queda expuesta al despotismo, a la demagogia y a la manipulación emocional.
En una conversación reciente con Manuel Rivas, el escritor insistía en que la literatura nace de la escucha. Escuchar –decía– es aceptar que uno puede ser sacudido, que sus opiniones no son inamovibles. En un tiempo saturado de ruido, de consignas y de palabras que buscan imponerse, esa escucha es ya un acto subversivo. Rivas hablaba de una atmósfera dominada por el despotismo y la depredación, por un «terror semántico» que convierte el lenguaje en orden y amenaza. Frente a ello, proponía la ironía y el afecto; frente al dominio, la atención al otro.
Eso es, en el fondo, lo que hacen las Humanidades cuando funcionan: crear espacios donde el lenguaje no se usa para mandar, sino para comprender; donde el conocimiento no sirve para dominar, sino para convivir. La literatura, frágil e indomable, sigue siendo uno de esos lugares donde el sentido del poder puede disputarse palabra a palabra.
Quizá por eso siguen siendo tan incómodas. Y tan necesarias.
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