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Opinión | VIVIR ES SER OTRO

carlos tosca

Fracasados (III)

Toca darle final a esta serie de columnas. Hablo del término «fracasado» y de la no menos intrigante definición de «escritor».

Podría decir que a Manuel Vilas, reputadísimo escritor, se le podría considerar un fracasado y basarme en postulados más ricos que una mera cifra exacta de ventas (trescientos ejemplares). Este hombre venía de los márgenes literarios. Para empezar, escribía poesía, lo que ya determina una clara posición: la del desastre económico y la irrelevancia social. Pero, hace unos años, salió de esa frontera desértica de lectores y dinero hasta alcanzar las cumbres rebosantes de admiración y regalías cuantiosas. De hecho, ganó tanto dinero que decidió dejar su trabajo, con sueldo fijo, para dedicarse en cuerpo y alma a la labor creadora. Ordesa alcanzó cifras de lectores extraordinarias. Pasó de vender un puñado de libros a obtener unos cuantos cientos de miles de euros por derechos de autor. Un negocio fabuloso. Luego siguió con su deriva hacia el triunfo empresarial y quedó finalista del Planeta, o lo que es lo mismo, le untaron la cartera para cambiar de equipo. Pasó del Real Madrid al Barcelona, o viceversa. Poco después ganó el Nadal, para asentar el trasvase definitivo de grupo editorial. Todos, él incluido, sabemos cómo funcionan estos dos premios: se asientan sobre una lógica puramente empresarial. Seguir el juego supone un precio a pagar que Vilas ha abonado sin rechistar.

¿Y bien, dónde demonios está el supuesto fracaso? Pues diría que en dos aspectos: por un lado, en cómo lo consiguió, y por otro, en lo que eso ha producido en su escritura.

El pelotazo de Ordesa se gesta desde la admisión y exposición pública de sus naufragios vitales. De abrir sus entrañas y mostrarlas a todos sin pudor. Tiene que doler el que ni la crítica ni el público te hagan apenas caso y solo giren la mirada hacia ti al desnudarte frente a ellos y mostrar las partes más feas de uno mismo. Quizá podamos considerar que un escritor ha fracasado si solo gana dinero exponiéndose.

El segundo problema es que desde esa crucial novela ha seguido escribiendo de sí mismo, diría (o dicen, los críticos) con alevosía. Vamos, que no sabe salir del registro de la novela egocéntrica, del yo superlativo. A los mismos críticos que le ensalzaron, ahora les repugna que continúe con la cantinela una y otra vez. Además, para proteger sus ventas, no le queda otra que escudriñar reseñas negativas para tratar de desmontarlas y quejarse del viraje crítico. Sabe bien que cada libro vende menos que el anterior y en cualquier momento las cifras se volverán insuficientes.

De Soto Ivars solo diré que probó de novelista y, como no generó suficiente dinero, se puso a ganarse el pan actuando de tertuliano y a escribir columnas llamativas y polémicas, a aparecer en la tele y en donde le llamen para figurar y estar en el candelero. Lo cual, bajo mis preceptos, sobre todo morales, es más bien un fracaso.

Aunque pueda parecer lo contrario, Manuel Vilas me cae bien (el otro, lo admito, no), solo que considero que llevó a cabo unas declaraciones nada afortunadas en su momento.

Editor de La Pajarita Roja

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