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Opinión | ÁGORA

Higinio Marín

Higinio Marín

Rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera

Contra envidia…

Los que sumamos unas cuantas décadas recordamos aquel vademecum moral que señalaba las virtudes que se oponían a los llamados pecados capitales. Contra avaricia, generosidad; contra gula, templanza; contra ira, mansedumbre; contra lujuria, castidad… Seguramente hoy serían material para mofa. Pero lo cierto es que nuestro tiempo no deja de segregar su propia versión, a veces para sofocar y otras para alentar aquellos pecados: contra avaricia, solidaridad; contra gula, dieta; contra ira, reproche público; contra lujuria, orgullo.

Sin embargo, de entre todas aquellas viejas pasiones, ninguna como la envidia ha tenido tanto protagonismo en el pensamiento y la praxis política occidental de los últimos siglos. Sus estudiosos la han llegado a llamar «uno de los problemas nucleares de la existencia social» y «la gran reguladora de las relaciones interhumanas» de «potencial omnipresencia» (Helmut Schoeck). No hay duda de que la envidia es una pasión universal que prolifera entre las relaciones personales y entornos sociales que puede destruir.

En la tradición del pensamiento moral occidental la envidia se tenía por un defecto que desfiguraba y envilecía al que la padecía. Al mismo tiempo se ensalzaba la perfección y se enaltecía a los que debían de servir de modelo. Así que el pensamiento moral antiguo, más que jugar con fuego, desataba el incendio de las pasiones humanas para destilar las causas de la envidia en emulación y procuración de la propia perfección. Esa treta, tan afín a sociedades o culturas aristocráticas que apreciaban el valor positivo de la diferencia, concibe la admiración como el resorte para la emulación y el intento de la propia grandeza y perfección. Desde esa perspectiva, la envidia comparecía como la corrupción de las aguas que brotan del sentimiento ante la perfección, grandeza o riqueza ajena.

En el pensamiento moderno se produce una involución de los valores consistente en la exculpación del envidioso que se transforma en víctima y la inculpación del envidiado como causante de la envidia. El Ensayo sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754) de Jean-Jacques Rousseau es el eje de ese giro involucionador. Poco después Kierkegaard llamará envidioso al que se deleita en causar la envidia, y el giro estará completado en el pensamiento marxista que funde inextricablemente las pasiones pendencieras de la envidia con la ira de los justos para movilizar la lucha de clases.

Desde entonces el culpable es el sistema que suscita y preserva las desigualdades y sus encarnaciones privilegiadas convertidas en agentes del padecimiento ajeno de la privación y su autoconciencia en forma de envidia y resentimiento. El pensamiento moral tradicional no sería más que la estratagema de culpar a la víctima para perpetuar los privilegios. La pasión moderna por la igualdad es el impulso político de las sociedades modernas que, como tempranamente advirtió Tocqueville, es la pasión y el principio indiscutible de nuestros tiempos. Contra envidia, igualdad.

Así pues, la democracia se hizo enemiga de cualquier clase de ascendiente ya fuera por razones de autoridad o dependencia. Inicialmente fue el sistema de producción y distribución de la riqueza el entorno generador de las desigualdades a combatir. Y a eso se dedicó el socialismo totalitario cuya utopía paradisiaca se alimentaba de la supresión de toda clase de desigualdades. Su ruina sistémica convirtió la prosperidad capitalista en el camino practicable hacia la igualdad en la abundancia de los estados del bienestar y las economías consumistas.

Pero como la familia era la sociedad compuesta a partir de las diferencias de sexo, autoridad, edad y dependencia, pronto se convirtió en la cepa social tóxica de la desigualdad por excelencia, a la par si no por encima de los sistemas económicos acumuladores de riqueza. Esta reubicación del origen de la envidia fue interiorizada por Freud al convertirla en la conciencia de la privación (de pene) en el complejo de castración femenino. Así que la feminidad misma estaría construida con las emanaciones de la envidia, y su cura (y emancipación) pasaría por romper las dinámicas referenciales al varón, incluso con la hostilidad justiciera que anima a buena parte de los feminismos contemporáneos.

Podría decirse otro tanto de todas las identidades raciales al respecto de los blancos, varones, cristianos y prósperos, cuyos rasgos convertidos en privaciones ajenas han alimentado el avasallamiento de las conciencias necesario para el predominio colonialista de occidente. Se entiende, pues, que parezca necesario descolonizar el lenguaje, las leyes, los museos, la moda y en sus raíces mismas toda la cultura occidental.

Pero la imputación de la familia como el generador social de la desigualdad, tiene en Rene Girard y sus inspiraciones freudianas otro vector de desarrollo que afecta a la relación paterno filial. La indeterminación instintual del deseo humano convierte al deseo ajeno en el modelo del deseo propio. Y nadie ejerce esa función de manera tan primordial como el padre para los hijos. Así que a falta de instintos que guíen el deseo, aprendemos que es lo deseable mediante el deseo ajeno, y antes que ninguno otro, el deseo del padre.

Pero el padre al fijar nuestro deseo en lo que desea se convierte al mismo tiempo que en modelo en rival. Nos señala lo apetecible al tiempo que nos excluye de su posesión. Y esa doble lógica que señala lo mejor al tiempo que nos hace padecer su privación es la forma germinal de la envidia filial, de toda envidia en realidad. Hay que matar al padre, al menos en tanto que padre, para hacer campar la igualdad y sofocar la envidia que intoxica la vida humana. Solo el reino de la igualdad puede templar el ardiente dolor de la privación de lo que el otro tiene o es.

El único agente capaz de obviar las diferencias entre padre e hijo, entre hombre y mujer, entre ricos y pobres, cultos e incultos es el Estado. En él ya no somos ni hombres ni mujeres, ni libres ni esclavos, ni griegos ni bárbaros, somos uno en el reino de la nueva igualdad fraterna. Así que ya no es tiempo de aquel contra envidia, caridad; ahora es el tiempo de contra envidia, ciudadanía.

Rector de la Universidad CEU-Cardenal Herrera

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