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Opinión | A FONDO

Ni una más, ni una menos

Ha pasado apenas una semana desde que nuestro pueblo se quedó en silencio, desde que se nos heló el corazón y sentimos cómo se nos encogía el alma al conocer la noticia que nunca hubiéramos querido escuchar, que Ana, enfermera del Centro de Salud de Benicàssim, había sido asesinada a manos de quien en otro tiempo dijo quererla.

Y todavía nos cuesta asumir que una profesional tan comprometida con el cuidado de los demás, una persona tan cercana y una mujer discreta y buena, haya visto truncada su vida de una manera tan cruel, tan injusta, tan incomprensible. Un golpe tremendo y seco, de esos que dejan sin palabras, sin aliento y con una profunda tristeza.

Porque Ana no puede ser una cifra en una helada estadística, ni un titular que se olvide; Ana es una vida arrebatada; una familia rota, compañeros y amigos que lloran sin consuelo y es el dolor de una ciudad entera que se pregunta cómo es posible que algo así haya sucedido entre nosotros.

Ana no es un nombre más, es el reflejo de que la violencia machista existe, de que es una realidad inasumible que nos interpela como sociedad y que nos exige a cada uno de nosotros no mirar hacia otro lado.

Cuando ocurre algo así, créanme que vuelven a temblar los cimientos de todo un pueblo, como también tembló hace diez años, uniéndonos conmocionados por la rabia, la impotencia y el dolor que sentimos y también porque esto siga sucediendo, lo que hace preguntarnos en qué estamos fallando como sociedad.

Porque detrás de cada caso de violencia machista y de maltrato contra una mujer hay una historia que, demasiadas veces, comenzó con ilusión, con amor y con proyectos de fututo compartido y en el que sin apreciarlo llega un momento en que el respeto se pierde y la confianza se quiebra, abriendo la puerta al abuso y a una violencia a veces tan sutil que casi es imperceptible y hace dudar, minado la confianza, y sin saberlo, dando paso al miedo. Otras veces las señales son evidente y claras, aunque desgraciadamente no siempre se reconocen a tiempo y de nuevo el miedo paraliza.

Por eso esta responsabilidad es de todos, esencial que todos prestemos atención, que sepamos reconocer actitudes y compartimientos violentos, que reforcemos la prevención recordando que no están solas, pero sobre todo es necesaria la educación y la concienciación, porque esto es cosa de todos.

En una sociedad que vive a la velocidad de vértigo, enseñemos a nuestros hijos que querer no es poseer. Que una ruptura no es una derrota ni un fracaso personal, que la frustración nunca puede justificarse ni responder con violencia y que la igualdad, entre hombres y mujeres, no es una consigna ideológica, sino un principio básico de convivencia.

Y las instituciones debemos trabajar y destinar recursos para ello, debemos estar para actuar desde la prevención y la anticipación, estar cerca para escuchar y proteger, pero sobre todo debemos trabajar para detectar, prevenir y detener la normalización del control, el miedo y la violencia. Tenemos la obligación de mejorar aquello que no está dando resultados. Y, sobre todo, debemos gestionar de forma responsable los recursos que se destinan a la lucha contra la violencia que sufren las mujeres para que sean adecuadas y efectivas.

Me niego a que lo tristemente ocurrido en Benicàssim quede solo un titular, porque hoy somos un pueblo sumido en la tristeza y, ante el dolor de lo ocurrido, la respuesta no puede ser la resignación, ni la normalización de ciertas conductas. Porque el amor nunca mata, nunca hiere, nunca humilla, nunca controla, ni nunca amenaza. Lo que mata es el odio, la posesión enfermiza, la incapacidad de aceptar la libertad del otro. Lo que mata, en definitiva, es la violencia.

Desde el Ayuntamiento de Benicàssim seguiremos insistiendo, concienciando, de manera permanente más allá del 25N, trabajando codo a codo con nuestros jóvenes y mayores; acompañando, asesorando y velando por erradicar todos los tipos de conductas sexistas con programas educativos, charlas y talleres para familias, entendiendo que la prevención debe ser la clave para cambiar normas sociales que perpetúan la desigualdad en nuestra sociedad.

Que la memoria de Ana y Cristina permanezca siempre viva para que no se diluyan en la estadística con en el paso del tiempo, y que su recuerdo nos incomode lo suficiente como para no rendirnos y seguir luchando.

Que cada paso que demos, cada iniciativa, cada conversación en casa, en las aulas o en la calle, lleve implícito un compromiso claro: ni una más, ni una menos. Por Ana, por Cristina, por sus familias y por todas las mujeres que merecen vivir en libertad y sin miedo.

Alcaldesa de Benicàssim y senadora

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