Opinión | PARECE UNA TONTERÍA
Descálzate
Algunos días tienen de bueno que llegas a casa y te descalzas. Punto. Ya con eso bastaría para considerar que la jornada, al final de todo, mejoró. La maniobra resulta catártica. Alivia en cierto grado lo que pasó antes, o lo suspende, o le da una patada hacia delante. Hay cosas que solo necesitas apartar de tu vista durante un rato. Cuando pasas muchas horas fuera no es raro fantasear con regresar y quitarte los zapatos. Rueda por ahí una hermosa teoría según la cual las personas se ponen realmente a prueba no cuando salen de casa para encarar los desafíos del día, sino cuando entran, y entonces hay que enfrentar eso llamado vida doméstica, siempre más compleja de lo que parece.
Estar en casa es una sensación agradable, pues, que empieza por descalzarse. Me costó mucho entender que los niños tienden a andar descalzos porque buscan de continuo la felicidad, y que un adulto persiguiéndolo sin descanso para que se calce no deja de ser un auténtico coñazo, por mucho que lo quiera. Yo he renunciado a decir a mi hija diez veces al día «cálzate» por varios motivos. Porque me cansé de que no me hiciese caso, el primero. Hablar a las paredes es de lo más común y, con la costumbre, nada traumático, pero dejas de encontrarle encanto con los años. Cierto es que las paredes son las únicas que te escuchan. Recuerdo aquella obra de teatro titulada Shirley Valentine, escrita por Willy Russell, convertida después en película, con guion del mismo autor. «Hola, pared», le decía a los tabiques la protagonista, en el comienzo de unas conversaciones con ellos que retrataban a una mujer sola, atrapada en un matrimonio aburrido e insatisfactorio, lleno de sueños sin cumplir.
Es frecuentísimo, casi seguro, que esa persona que te hace poquísimo caso mientras hablas sea alguien muy próximo: una pareja, un padre, una hija, un hermano, una amiga. Un desconocido con el que te relaciones por primera vez despierta siempre cierta curiosidad: permaneces atento. Por alguna razón, una madre o un padre piensa que por unos pies descalzos va a llegar siempre la catástrofe, en forma de constipado, o peor, de lamentable accidente doméstico que pudo evitarse. Pero, como digo, la paciencia tiene sus límites. Hubo otros motivos, sin embargo, para dejar de entonar el soporífero «cálzate» con mi hija: la constatación de que la vida privada mejora infinitamente sin zapatos. El placer se expande en la medida que se queda uno en calcetines.
Tendencia
Hace unas semanas se destacaba en un artículo de The New York Times que «la tendencia de sin zapatos se extiende entre las compañías tecnológicas, y algunas empresas emergentes ajetreadas ya les piden a sus empleados que dejen sus Vans y Uggs en la puerta. Algunas cubren sus oficinas con alfombras suaves y ofrecen pantuflas gratuitas». El fenómeno se alinea con la llamada cultura 996 de Silicon Valley, en la que la gente trabaja de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana. Si estás en la oficina 12 horas, qué menos que andar descalzo, ya que la casa apenas la vas a pisar. Un esclavo, sin zapatos, es menos esclavo.
Escritor
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