Opinión | AL CONTRATAQUE
El ruido que quiebra
Hay momentos en la vida pública en los que la crítica deja de cumplir su función democrática y empieza a erosionar el suelo de la convivencia. España parece atravesar uno de esos momentos. El nivel de hostigamiento de la oposición y sus voceros alcanza el umbral de saturación moral que una sociedad puede soportar. La crítica política es indispensable en democracia. Pero el ataque sistemático y la exageración sin fundamento empiezan a socavar la convivencia. Los ejemplos se repiten: acusaciones que mutan a medida que pierden consistencia (el entorno familiar de Pedro Sánchez); la simplificación de políticas hasta presentarlas como protección a delincuentes; la atribución de responsabilidades en tragedias sin esperar investigaciones; las denuncias de «traición a España» por pactos parlamentarios o medidas de gracia… Y mientras la presunción de inocencia queda relegada a una nota a pie de página. La lógica parece ser: acusa, que algo queda.
La memoria es selectiva y la indignación, asimétrica: episodios controvertidos del pasado (prácticas de nepotismo en el mandato de Rajoy, decisiones antiterroristas y negociaciones de Aznar, condenas a exministros…) no provocaron un estruendo moral comparable. La vara de medir cambia según quién sostenga el bastón del poder. El clima se enrarece aún más con la retórica de la confrontación permanente: la dureza parlamentaria de Tellado, convertida en espectáculo; el tono incendiario de Isabel Díaz Ayuso, la estrategia comunicativa de Miguel Ángel Rodríguez y las hipérboles de Santiago Abascal. El exceso sustituye en todos los casos al argumento.
Pero la crítica exaltada no procede solo de los adversarios políticos. Se alimenta de medios que valoran más el impacto que la verificación, de opinadores que no pueden esconder su militancia y que se empeñan, sin escrúpulos, en convertir el rumor en certeza. Luego, en las barras de los bares, se repite, como un eco, eso que antes se ha afirmado sin pudor, sobre la base de pruebas o datos falsos. La filósofa Adela Cortina ha recordado que una democracia no se sostiene solo sobre leyes e instituciones, sino sobre una ética compartida que permita el reconocimiento mutuo entre adversarios. Cuando ese reconocimiento desaparece, la política deja de ser deliberación para convertirse en demolición.
Esa acumulación de insultos, exageraciones y acusaciones sin pruebas nos empuja hacia un punto de fractura total. Pero hay algo igualmente inquietante: el riesgo de acostumbrarse al ruido, de contemplar impasible el deterioro del debate público.
Y eso es algo ante lo que una sociedad sana no puede ser indiferente; tiene la obligación moral de rechazar la calumnia y exigir rigor y responsabilidad a sus representantes políticos… y a voceros de opinión que han convertido la deslegitimación y el desprecio en su modus operandi. No se trata de silenciar la crítica, sino de rescatarla; ni de rebajar el desacuerdo, sino de devolverle la dignidad. Porque la sociedad no puede normalizar lo inaceptable. De lo contrario, no se fractura solo el gobierno, como algunos quieren hacer creer, sino la convivencia misma. Y eso sería la gran tragedia. Aun así, pienso que estamos a tiempo de decir basta.
Profesor de Filosofia y militante del PSPV
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