Opinión | Pensamientos desde el rincón

Coordinador del suplemento cultural 'Quaderns'
Indocilidad o el deber de incomodar

Leer no es un acto pasivo. Es una toma de posición. / MEDITERRÁNEO
Existe una pulsión cada vez más evidente por domesticar la literatura. Por volverla amable, clasificable, dócil. Que cada libro sepa exactamente qué es y a qué estantería pertenece. Que no desborde. Que no incomode. Que no exija demasiado. Como si el lector fuera una criatura frágil a la que conviene no perturbar en exceso. Como si leer no fuera, precisamente, una forma de perturbación.
Frente a esa tendencia, las palabras de Elisa Díaz Castelo, autora de Malacría (Sexto Piso) resuenan como una declaración de principios: «Me interesa la literatura que atraviesa fronteras, que no es totalmente categorizable y que crea vasos comunicantes entre géneros. Me gustaría mucho seguir escribiendo textos indóciles o incategorizables». La indocilidad. He ahí una palabra que deberíamos defender con más vehemencia.
La mejor literatura —la que permanece, la que nos transforma— rara vez es benévola. No nos ofrece certezas empaquetadas ni moralejas de fácil digestión. Nos reta. Nos desplaza. Nos obliga a salir de la comodidad de nuestras categorías mentales. Y ese desplazamiento es incómodo, sí, pero también profundamente fértil. Porque solo cuando abandonamos nuestra posición habitual podemos observar con mayor nitidez el lugar que ocupamos en el mundo.
La obsesión por etiquetar responde, en el fondo, a un deseo de control. Si una novela es claramente histórica, o claramente romántica, o claramente negra, sabemos a qué atenernos. El mercado respira tranquilo. El lector también. Pero ¿qué sucede cuando un texto decide cruzar esas fronteras? ¿Cuando mezcla registros, ensaya formas híbridas, desobedece la tradición genérica? Sucede que el lector ya no puede apoyarse en automatismos. Tiene que leer de verdad.
La literatura híbrida, la literatura que crea «vasos comunicantes», no solo cuestiona los géneros; cuestiona también nuestra manera de leer. Nos obliga a activar herramientas distintas, a sospechar de las convenciones, a aceptar que el sentido no siempre se entrega entero en la primera pasada. Y esa exigencia intelectual no es elitismo: es respeto. Respeto por el lector como sujeto capaz de pensar, de dudar, de reconstruir.
En tiempos de consumo acelerado y opiniones instantáneas, la indocilidad literaria adquiere un valor casi ético. Escribir —y leer— contra la simplificación se convierte en un acto de resistencia. No todo debe ser transparente, inmediato, complaciente. Hay libros que piden tiempo, relectura, fricción. Y esa fricción nos pule.
Defender textos incategorizables no implica despreciar los géneros, sino recordar que la literatura es, ante todo, un territorio en movimiento. Cada frontera que se cruza ensancha el mapa. Cada forma híbrida abre una posibilidad de pensamiento. Quizá por eso incomodan: porque nos invitan a pensar más allá de lo previsto.
La literatura que no se deja domesticar nos recuerda algo esencial: leer no es un acto pasivo. Es una toma de posición. Y toda toma de posición implica riesgo. Por fortuna.
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