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Opinión

Presidente de la Confederación Empresarial de la Comunitat Valenciana (CEV)

Sácame el lado bueno

Calle llena de tiendas

Calle llena de tiendas / EP

Es una frase que casi todos hemos pronunciado cuando alguien nos hace una foto: “sácame el lado bueno”. Queremos que se refleje nuestra mejor versión. No para ocultar la realidad, sino para evitar que un mal ángulo la distorsione.

En el debate público sobre la empresa ocurre algo parecido. Durante demasiado tiempo el foco se ha situado en el ángulo más crítico, como si la actividad empresarial viviera en permanente obligación de justificarse y, sin embargo, cuando ampliamos el plano, los datos cuentan una historia muy distinta. Hoy, que es el Día de la Empresa en la Comunitat Valenciana, está bien recordarlo, que expliquemos con serenidad, pero también con firmeza, en qué lado están las empresas.

En los últimos tiempos nos han ido contando una historia que presenta a la empresa poco menos que como un actor sospechoso, cuando no directamente como un adversario social. Un relato que simplifica la realidad hasta reducirla a una caricatura, empresarios frente a trabajadores, beneficio frente a bienestar, crecimiento frente a derechos, y conviene decirlo con claridad: ese marco mental no solo es injusto, es profundamente desacertado para el país.

Las empresas no están en el lado equivocado de la historia, aunque desde algún ministerio se diga lo contrario. Están en el lado responsable, en el lado donde se crea empleo, donde se invierte, donde se innova y donde se generan muchos de los recursos que sostienen el Estado del bienestar.

Hoy, más del 85 % de la recaudación por cotizaciones sociales procede de las empresas y el sector privado ha generado la inmensa mayoría del empleo creado en los últimos años. No son eslóganes, son datos que deberían bastar para situar la conversación en parámetros más rigurosos.

El foco, en cambio, se desplaza con frecuencia hacia una lógica de confrontación que no responde a la realidad de nuestras relaciones laborales ni a la tradición de diálogo social que ha permitido los mayores avances económicos y sociales de nuestra historia reciente. El país ha progresado cuando empresas, trabajadores y administraciones han remado en la misma dirección. Nunca cuando se les ha enfrentado.

Un ejemplo claro lo encontramos en el debate sobre el salario mínimo y los costes laborales. Las empresas quieren pagar mejores salarios. No conozco a ninguna que, pudiendo hacerlo, no quiera. Entre otras cosas porque mejores salarios significan mayor capacidad de consumo, más estabilidad social y más atracción de talento. Pero la pregunta relevante no es si subir salarios es deseable, que lo es, sino cómo hacerlo compatible con la viabilidad empresarial y el mantenimiento del empleo, especialmente en pymes y sectores de menor productividad.

No se puede hablar de salarios de forma aislada, sin tener en cuenta el incremento acumulado de cotizaciones, del precio de las materias primas, la energía o las cargas regulatorias. Tampoco sin hablar de absentismo laboral, ni de productividad o de competitividad internacional. Proteger el empleo también exige proteger a quienes lo crean.

Si hay un desafío estructural que condiciona nuestro futuro es la productividad. Creamos puestos de trabajo, sí, pero el valor añadido por hora trabajada avanza más lentamente que en otras economías desarrolladas, y ahí está la verdadera clave de los salarios del futuro, de los márgenes empresariales y de la competitividad. Mejorar la productividad exige empresas con mayor tamaño, más digitalización, más innovación y mejor gestión. Pero también exige infraestructuras adecuadas, marcos regulatorios razonables y administraciones ágiles. No es una tarea unilateral, es un proyecto común.

Algo similar ocurre con la sostenibilidad. Durante años se ha construido un cuento donde la empresa parecía moverse entre la obligación reputacional y la sospecha permanente. Sin embargo, la mayoría están invirtiendo, transformando procesos y asumiendo compromisos ambientales y sociales muy exigentes. El problema es que las malas prácticas hacen más ruido que los buenos ejemplos. Por eso está bien que contemos lo bien que lo hacemos, que seamos más transparentes, y que premiemos a las empresas que representan un estándar de excelencia y un ejemplo de que sostenibilidad y competitividad no son conceptos incompatibles. Recientemente hemos premiado a cinco, pero les aseguro que hay muchas más.

Si alguien duda del compromiso social de las empresas, basta con mirar qué ocurrió tras la dana. En los momentos más duros, cuando familias y empresas lo habían perdido todo, la reacción empresarial fue inmediata: donaciones, logística, reconstrucción… Las empresas no preguntaron de quién era la competencia administrativa, ni esperaron instrucciones, actuaron.

El tejido empresarial no es una realidad abstracta, son personas comprometidas con su entorno, con los trabajadores y con su territorio. Eso también conviene recordarlo.

Para que todo lo anterior sea posible —invertir, innovar, subir salarios, transformar procesos— hace falta un entorno adecuado. Me refiero a una fiscalidad competitiva, a seguridad jurídica, a estabilidad regulatoria, a simplificación administrativa, pero también a que se tenga en cuenta que el clima político y el relato público importan tanto como las políticas económicas.

Frente a la dinámica de confrontación, conviene reivindicar el valor del diálogo social. Tenemos una tradición de concertación que ha permitido abordar reformas complejas desde el acuerdo. Debilitar ese espacio con decisiones unilaterales o discursos de enfrentamiento solo genera desconfianza. No hay dos bandos. Empresas y trabajadores forman parte de la misma ecuación. Cuando a uno le va mal, al otro también.

Quizá el debate público necesite algo tan sencillo como ampliar el encuadre. Mirar a la empresa sin prejuicios, porque cuando el relato se ajusta mejor a la realidad, también mejora la calidad de nuestras decisiones colectivas. El verdadero desafío no está en decidir de qué lado está cada uno, sino construir un marco común en el que progreso económico y cohesión social vuelvan a caminar juntos. En un momento de cambios profundos, eso no es un detalle menor, es una necesidad.

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